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En 2026, un anuncio sobre las axilas indignó tanto a las lectoras de una revista estadounidense que unas 200 cancelaron su suscr...

En 1919, un anuncio sobre las axilas indignó tanto a las lectoras de una revista estadounidense que unas 200 cancelaron su suscripción.

No mostraba desnudez ni utilizaba palabras obscenas.

Solo sugería que una mujer podía perder el amor y la aceptación de los demás por un olor que ella misma no era capaz de percibir.

El producto anunciado era Odorono, uno de los primeros antitranspirantes comerciales.

Edna Murphey había comenzado a venderlo siendo estudiante. La fórmula había sido creada por su padre, un cirujano que buscaba mantener secas las manos durante las operaciones.

Murphey comprobó que también detenía el sudor de las axilas y fundó una pequeña empresa.

El producto funcionaba, pero tenía serios inconvenientes. Era un líquido rojizo con cloruro de aluminio suspendido en ácido. Podía irritar la piel, manchar la ropa e incluso dañar las telas si no se dejaba secar correctamente.

Además, muchas personas desconfiaban de él.

En aquella época existía la creencia de que sudar era saludable y que bloquear la transpiración podía ser peligroso. Quienes se preocupaban por el olor se bañaban, utilizaban perfume o colocaban protectores debajo de la ropa.

El verdadero problema de Odorono no era su eficacia.

Era que la mayoría de las mujeres no creía necesitarlo.

Entonces apareció el publicista James Young.

En lugar de presentar el sudor como un asunto médico, lo convirtió en una amenaza social. Sus anuncios sugerían que amigos, compañeros y pretendientes podían notar el olor, aunque fueran demasiado educados para decirlo.

La campaña más polémica mostraba a una pareja en una escena romántica y comenzaba hablando de la belleza del brazo femenino.

Luego advertía que aquel brazo no siempre era tan delicado como parecía.

El mensaje era cruel y efectivo: una mujer podía ser limpia, elegante y atractiva, pero aun así ser rechazada por un olor que desconocía.

La reacción fue inmediata. Muchas lectoras se sintieron insultadas y unas 200 abandonaron la revista.

Pero las ventas de Odorono aumentaron un 112 % al año siguiente.

El anuncio no creó el sudor ni el olor corporal.

Creó algo mucho más rentable: el temor de que todos los demás notaran un defecto que nadie se atrevería a mencionar.

Desde entonces, la publicidad dejó de vender únicamente limpieza.

Comenzó a vender protección contra la vergüenza.

Contenido original en https://www.facebook.com/1411100637720676/posts/1428696645961075

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