ANA DE CLEVES, EL PRIMER GRAN CASO DE DIFAMACIÓN DE LA HISTORIA (Y CÓMO SEGUIMOS CAYENDO EN ELLA 500 AÑOS DESPUÉS)

ANA DE CLEVES, EL PRIMER GRAN CASO DE DIFAMACIÓN DE LA HISTORIA (Y CÓMO SEGUIMOS CAYENDO EN ELLA 500 AÑOS DESPUÉS)

Si hay algo que Enrique VIII dominaba mejor que la decapitación era el arte de salir bien parado quedándose con todo. Cuando el rey de Inglaterra necesitaba quitarse a alguien de encima, no se limitaba a invocar a la Iglesia o a la ley: montaba un relato (algo muy británico). Y el relato sobre su cuarta esposa, Ana de Cleves, ha demostrado tener una vida útil asombrosa: quinientos años y todavía funciona.

La versión oficial dice que Enrique, al verla en persona (1540), la encontró tan repulsiva que la bautizó como "yegua de Flandes" y apenas pudo tocarla. El problema es que esa frase, la que todo el mundo cita como prueba número uno de la fealdad de Ana, no la dijo Enrique VIII. La inventó un obispo inglés siglo y medio después de que ambos estuvieran criando malvas. Así que esto no es una historia de difamación, sino de difamación con premio doble: la calumnia original de Enrique, y la que le añadió después un historiador que necesitaba un buen titular. Aquí está el primer fallo del guion histórico oficial. Enrique envió a su pintor estrella, Hans Holbein el Joven, a Alemania para retratar a la candidata. Holbein, que no era precisamente un aficionado ni un adulador profesional, pintó a una mujer de rasgos serenos, con un tocado exquisito y una elegancia que hoy llamaríamos sobria. El embajador inglés que la vio en persona antes de que el cuadro saliera del taller juró que el retrato la reflejaba "muy fielmente". Ahí no hay ningún monstruo. Hay una mujer de su tiempo, vestida a la moda de su región.

Y aunque Enrique VIII no dijo lo de la "yegua de Flandes", el rey dejó testimonio de su disgusto de su propia boca. Al día siguiente de la boda, Enrique les soltó a sus consejeros que Ana le gustaba "aún menos" que antes de conocerla, que había notado en su cuerpo "tal desorden" que no fue capaz ni de intentarlo, y ante sus médicos llegó a insinuar que dudaba de su virginidad por la "flacidez" de su pecho. Todo esto figura en las declaraciones que él mismo prestó durante el proceso de anulación, porque la anulación necesitaba pruebas, y Enrique se las fabricó con pelos y señales, invocando además un supuesto precontrato matrimonial previo de Ana con Francisco de Lorena.

El embajador francés, que no tenía ningún interés en hacerle la pelota a Enrique, opinaba justo lo contrario: la describió como alta, esbelta y de "belleza media". Ni fea ni un prodigio: una mujer corriente. El único que la vio horrible fue, qué casualidad, el único al que le convenía verla horrible. La alianza política con los príncipes protestantes alemanes —el motivo real de la boda, orquestado por Cromwell— había perdido buena parte de su urgencia estratégica para cuando el matrimonio se consumó sobre el papel. El problema ya no era diplomático: era cómo deshacer un contrato firmado sin ofender a un aliado ni admitir que el propio rey había metido la pata. La solución fue convertir un error de cálculo político en un problema de alcoba, con la no consumación como coartada legal perfecta.

Lo más irónico de esta historia es que Ana de Cleves fue la única que, de verdad, ganó la partida. Mientras otras esposas perdieron la cabeza o terminaron en el destierro, Ana aceptó el divorcio con una inteligencia política pasmosa: entendió que si Enrique necesitaba salvar el orgullo, ella le daría el titular que pedía. A cambio, obtuvo un patrimonio envidiable, el título de "hermana del Rey" y una independencia que muy pocas mujeres de la época podían ni soñar. Vivió diecisiete años más en Inglaterra organizando fiestas, gestionando sus tierras, manteniendo buena relación con los hijos de Enrique y, probablemente, riéndose por dentro de lo bien que había escapado.

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