Asi era volar un avión de combate mientras tu propio motor gira a 1.200 revoluciones por minuto frente a tus ojos
Asi era volar un avión de combate mientras tu propio motor gira a 1.200 revoluciones por minuto frente a tus ojos.
Esa era la realidad en la Primera Guerra Mundial.
La foto muestra un motor rotativo Gnome Monosoupape. Una verdadera joya de la ingeniería de la época, pero también una máquina implacable.
A diferencia de los motores actuales, aquí el cigüeñal central se quedaba completamente fijo, atornillado al fuselaje.
Era todo el bloque del motor el que giraba con la hélice, cilindros, cárter y componentes dando vueltas a toda velocidad.
En 1914, esta locura tenía sentido.
Los aviones eran demasiado lentos.
No había suficiente viento para enfriar un motor estático.
Al hacer girar todo el bloque, los cilindros generaban su propio flujo de aire para no derretirse, incluso detenidos en tierra.
Pero este diseño llevó a los pilotos al límite por tres razones brutales.
Primero, el efecto giroscópico.
Tener una masa enorme de metal girando en la nariz de un biplano de madera y lona creaba fuerzas físicas violentas.
En aviones como el Sopwith Camel, un giro a la derecha era cegadoramente rápido. Un giro a la izquierda requería una fuerza descomunal en el timón para evitar que la nariz se levantara de golpe.
Muchos novatos se estrellaron antes de llegar al frente.
Segundo, la resistencia.
Hacer girar cilindros gigantescos a través del aire consumía demasiada energía.
El motor terminaba luchando contra sí mismo.
Aumentar la potencia era imposible; las fuerzas centrífugas a más de 1.200 RPM amenazaban con desintegrar el metal.
Tercero, el infame aceite de ricino.
Como el cárter giraba, no se podía usar un sistema de aceite cerrado. El lubricante se mezclaba con el combustible y se expulsaba vaporizado por el escape.
El aceite de ricino era el único que soportaba la temperatura sin disolverse en la gasolina.
El resultado: una neblina constante que empapaba la cara del piloto.
Al ser un potente laxante natural, los aviadores sufrían de diarrea crónica y náuseas severas durante el combate.
Para la década de 1920, la metalurgia avanzó y los aviones ganaron velocidad.
Los ingenieros por fin fijaron los motores al fuselaje y dejaron que solo girara el cigüeñal, dando paso a los motores radiales estáticos de la Segunda Guerra Mundial.
La tecnología avanzó, los motores ganaron miles de caballos de fuerza y los pilotos, por fin, pudieron volar en paz.
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