Auto de Maradona Se Rompió — Claudia Se Quitó Zapatos y Empujó — 10 Vecinos Ayudaron También
Auto de Maradona Se Rompió — Claudia Se Quitó Zapatos y Empujó — 10 Vecinos Ayudaron También
El 14 de febrero de 1979, Diego Maradona tenía 18 años y manejaba con el orgullo de quien acaba de comprarse su primer auto con plata ganada a pulso.
No era un lujo.
No era un Ferrari.
Era un Fiat 128 celeste, usado, con la puerta rayada, el tapizado gastado y una radio AM que solo sonaba si uno golpeaba el tablero en el punto exacto.
Pero para Diego era más que un auto.
Era la prueba de que el pibe que había salido de Villa Fiorito ya podía darle algo propio a su familia, a su novia y a sí mismo.
Esa tarde se había vestido mejor de lo normal. Camisa blanca, pantalón de mezclilla azul, zapatos marrones lustrados y dos gotas de perfume prestado. En el asiento del acompañante llevaba un ramo de claveles rojos envuelto en papel de diario.
Iba a buscar a Claudia Villafañe, su novia de barrio, la chica que no se deslumbraba porque él ya empezaba a sonar en el fútbol. Claudia lo quería cuando todavía era Diego antes de ser leyenda.
Cuando ella bajó del edificio con su vestido floreado amarillo, sonrió al ver las flores.
Diego se disculpó porque no pudo comprar rosas.
Claudia le dijo que los claveles le gustaban más, porque las rosas eran para chicas ricas y ella era de barrio como él.
Entonces salieron rumbo a San Telmo para comer helado.
Durante unos minutos, todo fue perfecto. El viento caliente entraba por las ventanas, el Fiat avanzaba entre colectivos, taxis y bocinas, y los dos hablaban de partidos, escuela, sueños y de ese futuro que todavía no tenía forma, pero sí esperanza.
Hasta que en Avenida San Juan el motor tosió.
Una vez.
Luego otra.
La aguja de temperatura subió. Salió humo. El Fiat perdió fuerza y murió junto a la banqueta.
Diego giró la llave una y otra vez.
Nada.
Solo un clic seco que le pegó directo al orgullo.
Abrió el capó y el olor a goma quemada le confirmó lo que no quería aceptar. No sabía arreglarlo, no tenía dinero para grúa y la cita que había planeado con tanto cuidado parecía arruinada.
Claudia lo miró, se quitó los zapatos de taco y dijo que empujaran.
Diego pensó que estaba bromeando.
Ella no bromeaba.
Se paró detrás del auto, apoyó las manos en el baúl y empezó a empujar bajo el sol de febrero.
Diego, con medio cuerpo dentro del auto para dirigir, empujaba desde la puerta.
El Fiat se movía apenas unos centímetros.
El sudor les bajaba por la frente.
Los autos pasaban al lado.
Y entonces un obrero que caminaba por la vereda se detuvo.
Preguntó si necesitaban ayuda.
Antes de que Diego pudiera terminar de responder, el hombre dejó su bolsa en el suelo y puso las manos sobre el auto.
A los pocos metros salió una mujer con delantal. Llamó a su marido. Después apareció un hombre mayor de bigote blanco. Luego un muchacho dejó su bicicleta contra la pared y también se sumó.
Uno tras otro, vecinos que no les debían nada comenzaron a empujar el Fiat celeste.
Diego no era para ellos el ídolo mundial que algún día sería.
Era solo un pibe sudado, con su novia descalza, intentando llegar a un taller.
Y quizá por eso lo ayudaron con tanta naturalidad.
Porque todavía era uno de ellos.
Cuando por fin vieron el letrero del taller mecánico, faltaba el último esfuerzo. El auto entró rodando, empujado por manos desconocidas, mientras Diego miraba a Claudia y a los vecinos como si acabara de recibir un regalo más grande que cualquier gol.
Pero lo que el mecánico le dijo después dejó a Diego mirando sus bolsillos, porque la reparación costaba casi todo lo que llevaba para la cita.

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