¿CÓMO CONSTRUIR UN IMPERIO (BRITÁNICO) CON BORRACHOS SECUESTRADOS?
¿CÓMO CONSTRUIR UN IMPERIO (BRITÁNICO) CON BORRACHOS SECUESTRADOS?
Si te imaginas a la gloriosa Marina Real británica del siglo XVIII como una fuerza de voluntarios patriotas cantando himnos al Rey (o Reina) mientras despliegan las velas, siéntate pide una pinta de cerveza y deja que te cuente la cruda realidad.
La mitad de los hombres que ganaron el dominio de los mares para Gran Bretaña no estaban allí por amor a la patria; estaban allí porque cometieron el error de caminar cerca de los muelles al caer la noche o porque, directamente, les dieron un garrotazo a la salida de una taberna. Bienvenidos a la historia de las "Press gangs" (las bandas de reclutamiento forzoso): el método más canalla, legal y
expeditivo de conseguir tripulación para la flota de su Graciosa Majestad.
Para entender por qué el Gobierno británico tuvo que recurrir al secuestro legal, hay que entender cómo se vivía a bordo de un barco de guerra. El sueldo era una miseria (y a menudo se retrasaba meses o años), la comida consistía en galletas duras llenas de gorgojos, el agua del barril sabía a charco podrido y la disciplina se imponía a base de latigazos. Lógicamente, nadie en su sano juicio se alistaba voluntario de forma espontánea. Si a eso le sumamos que el escorbuto y las fiebres diezmaban tripulaciones enteras antes de que las flotas de guerra establecieran los remedios cítricos efectivos a finales de siglo, la Marina Real tenía un problema constante de personal. ¿La solución? Salir a "cazar" profesionales del mar por la fuerza.
La ley británica permitía la el reclutamiento forzoso, pero quedaba restringido estrictamente a marineros, pescadores o cualquier tipo que tuviera "experiencia demostrable en el mar". El verdadero drama no era capturar a un pacífico civil, sino al marino mercante que, tras pasar tres años en el océano, era emboscado justo antes de llegar a casa para abrazar a su familia. Para ello, se creaban estas bandas de matones armados con porras de madera y machetes, lideradas por un oficial de la Marina, que patrullaban los puertos, los muelles y, sobre todo, las tabernas. Legalmente, bastaba con que el oficial tocara al sospechoso con su bastón de mando para que quedara formalmente bajo el servicio de la Corona. Si el hombre protestaba, la respuesta era un porrazo en la cabeza. Te desmayabas en un callejón de Portsmouth y te despertabas tres días después en mitad del Atlántico, camino de las Antillas, con un chichón monumental y la certeza de que tu servicio no terminaría hasta que la guerra llegara a su fin.
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