Desde muy pequeña, creció en una aldea del este de Camerún
Desde muy pequeña, creció en una aldea del este de Camerún. Su hogar era una casa de adobe con techo de hojas de rafia, donde la vida transcurría al ritmo de la naturaleza. Cada día caminaba hasta el manantial para lavarse y beber agua, una rutina sencilla que formaba parte de su mundo cotidiano. Su alimentación se basaba en hojas y tubérculos de yuca durante la mayor parte de la semana, sin excesos, pero sin que eso representara carencia en su forma de vivir.
Las jornadas estaban llenas de actividades esenciales: la agricultura, la caza, la pesca y la recolección. No había juguetes comprados, pero sí imaginación. Con bambú y materiales improvisados, construían sus propios juegos, dando vida a pequeños coches que corrían sobre la tierra.
Al caer la noche, el pueblo se transformaba. Las hogueras iluminaban los patios, mientras las lámparas de queroseno daban un brillo tenue a las cabañas. Alrededor del fuego, las voces se unían en canciones e historias que pasaban de generación en generación. El trabajo no era un fin en sí mismo, sino solo lo necesario para alcanzar una vida digna. Nadie parecía obsesionado con acumular riquezas.
A través de ese recuerdo, queda una idea clara: en muchas sociedades modernas, la atención se ha desplazado hacia lo material, dejando en segundo plano aquello que realmente aporta bienestar. En contraste, una vida sin grandes diferencias sociales puede resultar menos frustrante que otra marcada por profundas desigualdades. Y es en esa memoria donde aparece una verdad persistente: la felicidad no siempre está en lo que se posee, sino en lo que se vive.
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