Detrás de esa mirada no hay salvajismo, hay una mente procesando su entorno
Detrás de esa mirada no hay salvajismo, hay una mente procesando su entorno.
Esta fotografía de Iwona Blum capta en un plano íntimo a un gran lomo plateado, un macho alfa de gorila occidental de las tierras bajas en un momento de absoluta introspección. La postura de sus manos unidas y la fijeza de sus ojos de tono ámbar suelen evocar una profunda empatía humana, pero para su especie, este tipo de mirada sostenida y de reojo es una señal de sutil vigilancia: el líder está evaluando todo lo que ocurre a su alrededor sin necesidad de mostrarse agresivo.
El término lomo plateado no es una metáfora. Alrededor de los 12 o 13 años, los machos desarrollan una deslumbrante capa de pelo gris plateado que cubre su espalda y muslos. Este cambio físico coincide con su madurez sexual y marca el momento en que están listos para liderar y proteger a su propia familia.
Aunque un lomo plateado posee una fuerza descomunal —capaz de levantar hasta diez veces su propio peso corporal y con una mordida más poderosa que la de un león—, son animales pacíficos por naturaleza. Su peligro radica únicamente en su instinto de defensa; un líder solo atacará si su familia se encuentra bajo una amenaza real inminente.
El verdadero enigma que esconde este retrato está en su composición. Las líneas de expresión en su rostro y el detalle de sus manos, que comparten con nosotros huellas dactilares únicas, revelan la tremenda complejidad de los primates más grandes del planeta. Encontrarse con una mirada así en la densidad de África Central es entender que la inteligencia no es una cualidad exclusiva de los humanos.
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