Durante 27 años, el Concorde tuvo una batalla constante con sus neumáticos, un enemigo formidable que desafiaba la física a velocidades supersónic...

📅 05/11/2023

Durante 27 años, el Concorde tuvo una batalla constante con sus neumáticos, un enemigo formidable que desafiaba la física a velocidades supersónicas. En cada despegue, estos neumáticos giraban hasta 250 veces por segundo, convirtiéndose en un torbellino de goma capaz de alcanzar temperaturas de hasta 204 grados Celsius. Imagina el calor: un entorno tan extremo que podía deshacer la goma como si fuera papel.

Al aterrizar, el Concorde se encontraba en una situación crítica. Golpeaba la pista a 273 Km/h con 188,000 libras del avión presionando sobre esos neumáticos. Cada aterrizaje sonaba como un mazo dando golpes a un yunque, y cada neumático enfrentaba aproximadamente 25 aterrizajes, sufriendo un desgaste implacable.

Para soportar estas condiciones, los ingenieros diseñaron neumáticos con compuestos especiales y capas de refuerzo de nylon, que eran más fuertes que los de un avión promedio. Sin embargo, incluso estos neumáticos avanzados tenían sus límites.

Se concluyó que la causa del accidente fue una banda de titanio, parte de un inversor de potencia, que se desprendió de un DC-10 de Continental Airlines (vuelo 55 de Continental Airlines) que había despegado hacia Newark desde la misma pista unos minutos antes. Esta pieza de titanio perforó un neumático del Concorde, que se desintegró. Uno de los trozos de caucho del neumático golpeó el depósito de combustible y rompió un cable eléctrico.

La tragedia dejó una marca imborrable en la historia de la aviación.

Los ingenieros eran conscientes de estos riesgos. Después de cada incidente, se esforzaban por hacer que los neumáticos fueran más fuertes, incorporando sensores de presión y mejorando los compuestos de goma. Sin embargo, en el mundo de la aviación a velocidades supersónicas, la física no permite mucho margen de error.

British Airways también enfrentó sus propios retos; entre 1976 y 1979, sus neumáticos fallaron diecinueve veces, creando situaciones que llevaron a aterrizajes de emergencia. Aun así, el Concorde continuó volando, aunque los neumáticos seguían siendo el talón de Aquiles de esta majestuosa aeronave.

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