El disco de Sabu, descubierto en Saqqara y datado hace aproximadamente cinco milenios, es uno de esos objetos que parecen haber surgido de un contexto...
El disco de Sabu, descubierto en Saqqara y datado hace aproximadamente cinco milenios, es uno de esos objetos que parecen haber surgido de un contexto técnico completamente diferente al del antiguo Egipto.
Está tallada en esquisto, una piedra que se rompe con facilidad y no tolera procesos complejos, pero tiene un diámetro de más de medio metro, una altura de poco más de diez centímetros y tres lóbulos curvos que convergen hacia el centro como si estuvieran diseñados para facilitar el movimiento de fluidos o la circulación de un flujo. Su geometría dista mucho de ser estática: casi parece el contorno de un objeto diseñado para fluir, rotar o interactuar con un medio líquido.
Su aspecto general evoca una estructura orgánica y continua, como si la piedra hubiera sido estirada y moldeada a partir de una lámina maleable. Las aberturas no dan la impresión de ser simples cavidades ahuecadas, sino más bien superficies curvas que envuelven un punto de apoyo central, una configuración propia de materiales que pueden ser golpeados, fundidos o moldeados mientras aún están blandos, como metales delgados, vidrio caliente o plásticos antes de endurecerse. Sin embargo, este no es un material que permita tal manipulación: la piedra no se dobla, estira ni deforma continuamente. Un gran escultor podría simular suavidad en el exterior, pero en el disco de Sabu, los pliegues internos de los tres lóbulos son reales, y la parte inferior de cada "pétalo" es incompatible con el cincelado. Imaginar que alguien alisó esa forma durante años sin que se rompiera por completo es desproporcionado.
Cualquiera que sea la función del objeto, su construcción sugiere que su creador trató la roca como si fuera un material fluido, capaz de adoptar formas suaves antes de solidificarse. La impresión es la de una sustancia similar a un geopolímero, una piedra artificial moldeada mientras aún era maleable y luego dejada secar. Pero esta tecnología no era común en Egipto en aquella época, ya que carecía de los procesos capaces de transformar la roca en una pasta maleable. Es una habilidad que la humanidad ha desarrollado recientemente, y por esta misma razón, el Disco de Sabu sigue siendo considerado una de las anomalías más enigmáticas de la arqueología.
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