El "Hamayuri" se convirtió en una de las postales más impactantes del desastre, pero su historia real esconde detalles que pocos conocen
El "Hamayuri" se convirtió en una de las postales más impactantes del desastre, pero su historia real esconde detalles que pocos conocen. Aunque la imagen se asocia comúnmente a Kesennuma, este catamarán turístico de 109 toneladas y 27 metros de eslora fue arrastrado en realidad 400 metros tierra adentro en el pueblo vecino de Ōtsuchi, en la prefectura de Iwate.
Lo más sorprendente es el estado en el que quedó: tras ser elevado más de seis metros en el aire por la ola y posarse sobre el tejado de un hostal de dos plantas, la embarcación no sufrió ni un solo rasguño estructural. Su motor, su casco de aluminio y sus sistemas internos seguían funcionando a la perfección. Estaba completamente operativo, pero atrapado a cientos de metros del mar.
Durante semanas se debatió intensamente qué hacer con él. El gobierno japonés propuso mantenerlo intacto sobre el edificio para convertirlo en un monumento oficial en memoria de las víctimas. Sin embargo, la comunidad local y las autoridades municipales se opusieron firmemente. Para los sobrevivientes que habían perdido a sus familias en esa misma calle, mirar al cielo y ver el barco todos los días era un recordatorio demasiado doloroso y un trauma constante. Además, las réplicas sísmicas que continuaban sacudiendo la región hacían que la estructura del hostal fuera inestable, existiendo el riesgo de que el navío colapsara y cayera sobre la zona de rescate.
El desenlace llegó apenas dos meses después de la tragedia, el 10 de mayo de 2011. Al no existir grúas ni camiones capaces de mover un barco de ese tamaño por calles completamente bloqueadas por los escombros sin destrozar lo poco que quedaba en pie, se tomó la dolorosa decisión de desguazarlo. El capitán del Hamayuri, Hideaki Kariya, quien había navegado el catamarán por 14 años, aceptó la resolución con resignación para evitar más problemas al pueblo. Una enorme grúa estabilizó la nave mientras un equipo de operarios cortó el casco de aluminio en pedazos directamente sobre el techo, bajando las secciones una a una para ser recicladas como chatarra.
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