El momento exacto en que cambió la historia de la televisión no ocurrió en un set de grabación, sino en la sala de una casa durante una fiesta a p...
El momento exacto en que cambió la historia de la televisión no ocurrió en un set de grabación, sino en la sala de una casa durante una fiesta a principios de los años 70.
Roberto Gómez Bolaños, ya conocido como Chespirito, ofrecía una reunión para sus colegas cuando Rubén Aguirre llegó con un invitado que nadie esperaba: Carlos Villagrán. En medio del ambiente festivo, a Rubén se le ocurrió una improvisación que se convertiría en leyenda.
Con apenas dos rayas pintadas en la cara de Villagrán para simular las articulaciones de un muñeco, Aguirre lo sentó en su rodilla y comenzaron una rutina de ventrílocuo y maniquí. El talento de Carlos para gesticular y su impresionante capacidad física para transformarse en un personaje inanimado dejaron a Gómez Bolaños impactado.
Chespirito, que siempre tuvo un ojo clínico para detectar el potencial cómico, no dejó pasar la oportunidad. Solo unos días después, contactó a Villagrán para integrarlo formalmente a su elenco en Sábados de la Fortuna.
Lo que comenzó como un juego espontáneo entre amigos en una fiesta privada fue, en realidad, el primer paso para el nacimiento de personajes que marcarían la infancia de millones en toda América Latina. Sin esa chispa de improvisación, quizás el mundo nunca habría conocido al niño de los cachetes inflados que terminó conquistando la vecindad.
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