En 1770, la corte de Viena quedó paralizada ante lo que parecía un milagro imposible para la época: una máquina capaz de pensar, trazar estrategia...
En 1770, la corte de Viena quedó paralizada ante lo que parecía un milagro imposible para la época: una máquina capaz de pensar, trazar estrategias y ganarle al ajedrez a los seres humanos.
Se llamaba "El Turco", un imponente autómata vestido con túnica y turbante que movía las piezas con una precisión escalofriante. Su creador, el inventor Wolfgang von Kempelen, lo llevó de gira por el mundo y el artefacto no tardó en convertirse en una leyenda. Figuras de la talla de Benjamin Franklin y el mismísimo Napoleón Bonaparte aceptaron el desafío de enfrentarlo, cayendo derrotados ante el misterioso jugador mecánico.
Durante décadas, la mente humana intentó descifrar el enigma. El famoso escritor Edgar Allan Poe quedó tan obsesionado que en 1836 publicó un brillante ensayo analizando el comportamiento de la máquina. Poe demostró con pura lógica que un aparato puramente mecánico no podía jugar al ajedrez de forma autónoma. Y tenía toda la razón, aunque el secreto ya se sospechaba en algunos círculos selectos de Europa.
Detrás de los engranajes relucientes y las esferas de reloj que se mostraban al público, se escondía una ilusión óptica perfecta. La mesa del autómata tenía un doble fondo diseñado para ocultar a un verdadero maestro de ajedrez en su interior. El operador secreto se deslizaba sutilmente mediante un asiento con rieles para no ser visto cuando se abrían las compuertas de exhibición.
Una vez adentro y a oscuras, el jugador se guiaba por un tablero interno con pequeñas esferas imantadas que subían o bajaban para indicarle los movimientos del rival. Mediante un complejo sistema de palancas, controlaba el brazo de madera del Turco para ejecutar su respuesta.
La verdad absoluta no se reveló al público general sino hasta 1857, años después de que el autómata se perdiera para siempre en un incendio. El hijo de su último propietario rompió el silencio y publicó los nombres de los ajedrecistas que vivieron en secreto dentro de la caja.
Aquella maravilla no fue el nacimiento de la inteligencia artificial, sino uno de los engaños más brillantes, audaces y fascinantes de la historia de la tecnología.
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