En el corazón del desierto libio existe un paisaje que parece sacado de otro mundo
En el corazón del desierto libio existe un paisaje que parece sacado de otro mundo.
Lo llaman el Valle de los Planetas.
Entre Kufra y las colinas cercanas a Ghat, en una zona que los tuareg conocen como Wan Tkufi, el desierto deja de parecer terrestre. A lo largo de unos treinta kilómetros emergen enormes formaciones rocosas casi esféricas, algunas de hasta diez metros de diámetro.
Desde lejos parecen cuerpos celestes detenidos en la arena.
No están alineadas como monumentos humanos. No forman estructuras visibles. Simplemente aparecen, dispersas, como si el desierto hubiera decidido esculpir su propio sistema solar.
El terreno es seco, compacto, sin agua visible. Viento, erosión y cambios térmicos extremos han trabajado durante milenios sobre la roca. Aunque su aspecto resulta casi artificial, los geólogos coinciden en que son el resultado de procesos naturales complejos: erosión diferencial, fracturación interna y desgaste eólico continuo.
Pero la explicación científica no reduce el asombro.
Caminar entre esas masas redondeadas es como recorrer un paisaje extraterrestre. El silencio absoluto, la escala del desierto y las formas casi perfectas generan una sensación difícil de describir.
No es Marte.
No es una maqueta astronómica.
Es la Tierra recordándonos que también sabe crear mundos imposibles.
Wan Tkufi no es famoso. No es turístico en masa. Es remoto, áspero, casi inaccesible.
Y quizá por eso conserva su misterio intacto.
A veces no hace falta salir del planeta para sentir que estás en otro.
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