En las praderas canadienses, algunos cerdos salvajes no huyen del invierno: construyen un refugio y dejan que la nieve los cubra
En las praderas canadienses, algunos cerdos salvajes no huyen del invierno: construyen un refugio y dejan que la nieve los cubra.
Estos animales reúnen características del jabalí euroasiático y del cerdo doméstico. Heredaron la resistencia, el pelaje y la desconfianza del primero, pero también el gran tamaño y la elevada capacidad reproductiva del segundo. Algunos ejemplares pueden superar los 270 kilogramos, razón por la que recibieron el apodo informal de “supercerdos”.
Su historia en Canadá comenzó entre finales de la década de 1980 y comienzos de la siguiente, cuando agricultores de las provincias occidentales importaron jabalíes europeos para criarlos por su carne. Algunos escaparon atravesando cercas deficientes y otros fueron liberados cuando aquel mercado perdió rentabilidad. Lejos de desaparecer durante los inviernos, comenzaron a reproducirse y a mezclarse con cerdos domésticos asilvestrados.
Una de sus adaptaciones más sorprendentes son los refugios que los investigadores apodaron “pigloos”, una combinación de las palabras inglesas pig e igloo. Los animales reúnen espadañas, ramas y otras plantas para formar grandes lechos protegidos; después, la nieve acumulada funciona como aislante y conserva parte del calor corporal del grupo. Bajo esa cubierta pueden resistir los inviernos de las praderas, donde las temperaturas llegan a descender por debajo de los −40 °C.
El frío tampoco les impide encontrar alimento. Su extraordinario olfato les permite localizar bajo la nieve raíces, semillas y tubérculos, aunque también consumen cultivos, insectos, huevos, pequeños animales y casi cualquier recurso disponible. Esa capacidad para comer, reproducirse y adaptarse a paisajes agrícolas explica parte de su rápida expansión.
Un estudio dirigido por Ruth Aschim y Ryan Brook, de la Universidad de Saskatchewan, calculó que para 2017 los cerdos salvajes habían ocupado un área acumulada de aproximadamente 778.000 kilómetros cuadrados en Canadá. Entre 2011 y 2017, su área conocida creció en promedio más de 88.000 kilómetros cuadrados cada año, principalmente en Alberta, Saskatchewan y Manitoba.
La base de datos del proyecto llegó posteriormente a superar los 60.000 registros de presencia, aunque los investigadores aclaran que no representan 60.000 animales distintos: una misma piara puede aparecer varias veces ante cámaras o ser reportada por diferentes personas. Lo preocupante no es solo cuántos existen, sino lo difícil que resulta saber exactamente dónde se encuentran.
Su paso deja cultivos destruidos, suelos removidos, humedales alterados y riesgos para aves que anidan en tierra, animales jóvenes y explotaciones porcinas. También podrían complicar enormemente el control de enfermedades como la peste porcina africana si alguna vez ingresara en las poblaciones silvestres de Canadá.
La caza deportiva aislada tampoco ha resultado una solución eficaz. Cuando se dispara contra una piara sin eliminarla completamente, los supervivientes pueden dispersarse, hacerse nocturnos y aprender a evitar a las personas. Por eso, los programas de control prefieren localizar al grupo completo, seguir sus movimientos y capturarlo mediante trampas coordinadas.
“Supercerdos” y “pigloos” no son términos científicos, pero describen una realidad muy seria. Un animal introducido para diversificar la producción ganadera terminó convirtiéndose en una de las especies invasoras más difíciles de controlar en las praderas.
El invierno canadiense debía detenerlos.
Ellos aprendieron a convertirlo en su refugio.
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