En los años ochenta, en Honduras, un voluntario del Cuerpo de Paz vivía y trabajaba en un albergue para niños que habían crecido en la calle
En los años ochenta, en Honduras, un voluntario del Cuerpo de Paz vivía y trabajaba en un albergue para niños que habían crecido en la calle. Allí aprendió que la infancia, cuando se mezcla con la supervivencia, pierde rápidamente la inocencia.
Una tarde escuchó un grito.
En una de las habitaciones, dos chicos mayores sujetaban a uno de nueve años contra su litera mientras un tercero acercaba la punta encendida de un cigarrillo a su brazo. La escena parecía brutal. Entró furioso, los apartó y les exigió una explicación.
No encontró desafío en sus rostros. Encontró miedo… y algo parecido a preocupación.
“No queremos hacerle daño”, dijeron. “Tiene un gusano zancudo”.
El término era local, pero el fenómeno era real. En zonas tropicales, la mosca conocida como “mosca bot” puede depositar huevos que, al eclosionar, se convierten en larvas que penetran la piel humana. Se alojan bajo la carne, crecen allí y necesitan oxígeno para sobrevivir. Sin atención médica, pueden provocar infecciones dolorosas.
El niño pequeño, entre lágrimas, confirmó que algo se movía dentro de su brazo.
Al observar la herida, el voluntario vio una llaga con un pequeño orificio central. Cuando el chico mayor acercó el cigarrillo, el calor obligó a la larva a asomar la cabeza buscando aire. Era blanca, gruesa, viva.
El procedimiento, rudimentario y doloroso, tenía una lógica biológica: el calor forzaba al parásito a salir. El voluntario presionó desde la base de la herida hasta que, con un movimiento brusco, la larva salió y cayó sobre la cama.
No era crueldad. Era improvisación médica con los únicos recursos disponibles.
Un profesional habría utilizado anestesia local y pinzas estériles. Pero estos niños no tenían acceso inmediato a clínicas ni medicamentos. Tenían experiencia acumulada en la calle, conocimiento transmitido entre ellos y una comprensión práctica de cómo sobrevivir en un entorno hostil.
La escena, que a primera vista parecía tortura, era en realidad cooperación.
En los trópicos, las infestaciones por larvas subcutáneas no son raras. Para muchos, son un episodio desagradable pero tratable. Para esos niños, era un problema menor dentro de un universo mucho más duro: abandono, violencia, enfermedad, hambre.
Lo que aquella habitación reveló no fue brutalidad, sino resiliencia.
Niños que habían aprendido demasiado pronto que nadie vendría siempre a resolver sus heridas. Niños que, sin manuales ni diplomas, actuaban como médicos improvisados porque no había otra opción.
En contextos de pobreza extrema, la supervivencia se convierte en conocimiento colectivo. Y a veces, detrás de lo que parece violencia, hay simplemente una comunidad intentando cuidar de los suyos con lo que tiene a mano.
No era una historia cómoda.
Era una historia real.
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