En los primeros periodos de la historia de la Tierra, especialmente durante el Período Carbonífero, la atmósfera contenía mucho más oxígeno que ...
En los primeros periodos de la historia de la Tierra, especialmente durante el Período Carbonífero, la atmósfera contenía mucho más oxígeno que hoy. Mientras en la actualidad el oxígeno representa cerca del 21 % del aire, en aquel tiempo pudo superar el 30 %.
Gran parte de este aumento se debió a la enorme expansión de bosques primitivos. Las plantas producían oxígeno continuamente mediante la fotosíntesis, mientras que aún existían pocos organismos capaces de consumirlo o descomponer completamente la materia vegetal. El resultado fue una acumulación significativa de oxígeno en la atmósfera.
Este ambiente favoreció el crecimiento de muchos invertebrados terrestres.
A diferencia de los vertebrados, los insectos y otros artrópodos no poseen pulmones ni un sistema circulatorio que transporte oxígeno por todo el cuerpo. En su lugar utilizan un sistema de tubos llamado tráqueas, por el que el oxígeno entra directamente desde el aire hacia los tejidos. Este mecanismo funciona bien para organismos pequeños, pero limita el tamaño máximo que pueden alcanzar.
Cuando la concentración de oxígeno era mayor, ese sistema respiratorio podía abastecer cuerpos mucho más grandes.
Por eso, en los registros fósiles aparecen gigantes como Meganeura, una libélula con alas que podían superar los 70 centímetros de envergadura, o Arthropleura, un enorme milpiés que podía medir más de dos metros de largo.
Hoy, los insectos siguen mostrando los límites de este sistema. Incluso especies grandes como el Goliath beetle dependen de estructuras en su exoesqueleto que permiten la entrada de aire hacia las tráqueas. Si fueran mucho más grandes, el oxígeno no podría difundirse con suficiente rapidez hasta los tejidos internos.
En el agua ocurre algo distinto. Los organismos acuáticos pueden transportar oxígeno disuelto mediante sistemas respiratorios especializados, lo que permite tamaños mayores sin las mismas limitaciones que enfrentan muchos invertebrados terrestres.
El pasado de la Tierra demuestra cómo algo tan invisible como la composición del aire puede influir profundamente en la forma y el tamaño de las criaturas que la habitan.
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