En octubre de 2026, el fotógrafo Simon Butler capturó esta imagen en el aeropuerto de Fráncfort
En octubre de 1989, el fotógrafo Simon Butler capturó esta imagen en el aeropuerto de Fráncfort.
Este es el mismo avión, pero en un escenario muy distinto.
Un Boeing 767-200ER impecable.
Matrícula ET-AIZ Ethiopian Airlines.
Nadie imaginaba que, siete años después, esta misma aeronave protagonizaría una de las mayores hazañas y tragedias de la aviación comercial.
El 23 de noviembre de 1996, el vuelo 961 despegó para un trayecto corto entre Adís Abeba y Nairobi.
La rutina se rompió a los pocos minutos.
Tres hombres irrumpieron en la cabina. Armados con un hacha de emergencia y una botella que aseguraban era una bomba.
Su exigencia: ser llevados a Australia para pedir asilo.
Al mando estaba el capitán Leul Abate un piloto veterano que ya había sobrevivido a dos secuestros previos en su carrera.
Abate mantuvo la calma. Les mostró los indicadores de combustible.
Les explicó la realidad física.
El avión llevaba menos de un cuarto del combustible necesario para un viaje transoceánico de diez horas.
Los secuestradores se negaron a creerle.
Pensaron que era un engaño.
Buscando proteger a los pasajeros, el capitán desvió el rumbo en secreto hacia el sur, bordeando la costa africana para ganar tiempo.
Al revisar la brújula, los captores notaron el cambio de dirección.
Lo obligaron violentamente a enfilar hacia el este.
Directo al abierto Océano Índico.
El tiempo se agotó al mismo ritmo que los tanques.
Los motores se apagaron uno a uno.
Con el enorme aparato convertido en un pesado planeador de metal, Abate divisó las Islas Comoras y apuntó hacia el aeropuerto.
Al ver que el avión perdía altura rápidamente, los secuestradores entrarán en pánico absoluto.
En los segundos finales, iniciaron una pelea física contra el piloto por el control de los mandos.
Esa interferencia en la cabina sentenció el destino del vuelo.
El ala izquierda golpeó un arrecife de coral a solo 500 metros de la playa de Le Galawa. El fuselaje se partió en tres secciones ante la mirada de los turistas.
El impacto ocurrió en aguas poco profundas. Los equipos de rescate actuaron de inmediato.
A pesar de ello, 125 de las 175 personas a bordo perdieron la vida.
La alta mortalidad se debió a un detalle devastador. El pánico hizo que muchos pasajeros inflaran sus chalecos salvavidas dentro de la cabina antes de salir.
Al llenarse el avión de agua, el aire de los chalecos los empujó contra el techo. Quedaron atrapados sin opción de escape.
Tanto el capitán Leul Abate como su copiloto sobrevivieron al impacto, dejando un testimonio impactante de pericia y resistencia frente a una crisis extrema en el aire.
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