Este caso parece sacado de una novela clínica, pero ocurrió en una guardia cualquiera, a la 1:30 de la madrugada

📅 28/08/2023

Este caso parece sacado de una novela clínica, pero ocurrió en una guardia cualquiera, a la 1:30 de la madrugada.

Era 2012. Una mujer de 23 años llegó a urgencias con un dolor abdominal intenso. No era el típico dolor que cede con analgésicos. No era el tipo de dolor que se explica fácilmente. Algo no encajaba.

Durante la historia clínica aparecieron señales sutiles: aislamiento, ánimo bajo, una tristeza prolongada que su familia no había reconocido como depresión. Se solicitaron estudios: radiografía, ecografía, análisis de sangre. Todo apuntaba a una obstrucción, pero la causa no era evidente.

El dolor no respondía al tratamiento.

Finalmente, el diagnóstico emergió: tricobezoar. Una acumulación compacta de cabello en el estómago, resultado de una conducta llamada tricofagia, frecuentemente asociada a depresión y trastornos de ansiedad. En los casos más extensos, cuando la masa se prolonga hacia el intestino, se conoce como “síndrome de Rapunzel”.

Durante ocho meses, aquella joven había ingerido su propio cabello. En silencio. Sin que nadie lo notara. El resultado era una masa que bloqueaba la salida del estómago y provocaba cólicos severos.

Las opciones eran claras y poco alentadoras: cirugía abierta para extraer la masa o intentar una extracción endoscópica, con escasas probabilidades de éxito debido al tamaño y la localización del bezoar.

Entonces surgió una tercera posibilidad, descrita en la literatura médica pero poco vista en la práctica: el uso de bebidas carbonatadas para intentar fragmentar ciertos tipos de bezoares. La explicación es bioquímica. La acidez, el dióxido de carbono y el efecto efervescente pueden ayudar a desintegrar algunas masas compactas en el estómago.

Se introdujo una sonda nasogástrica. Se administraron dos litros de bebida carbonatada. Luego otros dos.

Al principio, nada.

Hasta que ocurrió.

La paciente comenzó a vomitar. Durante varios minutos expulsó mechones y fragmentos compactos de cabello. La obstrucción cedió. El dolor desapareció. Esa noche durmió profundamente.

Fue dada de alta al día siguiente con seguimiento psiquiátrico y tratamiento para la depresión. El episodio gastrointestinal había sido el síntoma visible de un problema mucho más profundo.

Con el tiempo, su vida cambió. Se recuperó. Formó una familia. Regresa periódicamente a control y, con humor, suele decir que “unas botellas de Coca-Cola” la salvaron.

Pero lo que realmente la salvó no fue una bebida.

Fue una mirada atenta que no se quedó solo en el dolor físico. Fue entender que detrás de una obstrucción había meses de sufrimiento silencioso. Fue tratar el cuerpo… y también la mente.

La medicina a veces es bisturí y quirófano.

Y otras veces es escuchar, observar y atreverse a intentar algo distinto cuando todo parece fallar.

Porque cada síntoma cuenta una historia.

Y cuando se la escucha completa, puede cambiar una vida.

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