Hace unos 10.000 años, en la antigua ciudad de Jericó, los vivos y los muertos compartían un vínculo visual perturbadoramente íntimo
Hace unos 10.000 años, en la antigua ciudad de Jericó, los vivos y los muertos compartían un vínculo visual perturbadoramente íntimo. Al desenterrar este asentamiento prehistórico, los arqueólogos descubrieron una práctica que desafía nuestra comprensión del luto y la memoria: los cráneos enyesados del Neolítico.
Cuando un miembro de la comunidad fallecía, el cuerpo era enterrado de forma temporal. Tiempo después, los habitantes exhumaban el esqueleto con un propósito muy específico: separar el cráneo. Utilizando arcilla blanda, los artesanos de la época moldeaban minuciosamente las facciones sobre el hueso, recreando narices, mejillas y orejas. Para devolverles la mirada, incrustaban conchas marinas blancas en las cuencas oculares y, en ocasiones, pintaban detalles que simulaban cabello o líneas faciales.
Estas piezas no se guardaban en tumbas ocultas, sino que permanecían dentro de las casas, a menudo enterradas bajo los suelos de las habitaciones o dispuestas en altares domésticos. Convivían con los rostros de sus ancestros en el día a día.
Este fenómeno no fue un hecho aislado de Jericó; se han hallado restos similares en Siria y Jordania, lo que demuestra la existencia de una red cultural compartida en el Cercano Oriente durante los albores de la civilización. Aunque durante décadas se ha teorizado sobre un culto religioso a los antepasados o un método primitivo para preservar la identidad de los seres queridos, el verdadero propósito de estos rostros de arcilla sigue siendo uno de los enigmas más fascinantes de la arqueología.
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