Imaginas llegar al aeropuerto, recoger tu equipaje y, en lugar de buscar un taxi, abrir tu maleta, armar un vehículo en sesenta segundos y salir cond...
Imaginas llegar al aeropuerto, recoger tu equipaje y, en lugar de buscar un taxi, abrir tu maleta, armar un vehículo en sesenta segundos y salir conduciendo por la calle.
Suena a una locura de ciencia ficción, pero en 1991 Mazda lo hizo completamente real.
A principios de la década de los noventa, la marca japonesa pasaba por un momento de enorme confianza creativa tras ganar las 24 Horas de Le Mans. Para fomentar esa inventiva, organizaron un concurso interno llamado Fantasyard, desafiando a sus empleados a crear soluciones de movilidad fuera de lo común.
Un grupo de siete ingenieros del área de pruebas de transmisiones manuales se tomó el reto muy en serio. Compraron una maleta rígida de la marca Samsonite, una minimoto y se pusieron a trabajar. El resultado fue el Mazda Suitcase Car, un microvehículo de tres ruedas totalmente funcional que cabía dentro del equipaje de mano.
Para ponerlo en marcha no se necesitaban herramientas. Bastaba con abrir el caparazón, girar la rueda delantera hacia el exterior, encajar las dos ruedas traseras, colocar el asiento sobre el eje posterior y arrancar. El motor era un bloque de dos tiempos y 33.6 centímetros cúbicos que entregaba 1.7 caballos de fuerza. Aunque parezca poco, lograba impulsar este curioso aparato hasta los 30 kilómetros por hora.
El invento causó sensación internacional. Se exhibió en los salones automotrices de Fráncfort y Nueva York, e incluso apareció en el famoso programa de televisión de Oprah Winfrey tras ser conducido en pleno Times Square.
A pesar del impacto mediático, el proyecto nunca llegó a la línea de producción en masa. Con un peso de 32 kilos, resultaba demasiado pesado para cargarlo como una maleta común, y las normativas de seguridad de los aeropuertos hacían imposible abordar un avión comercial con un tanque lleno de gasolina en el equipaje.
Hoy en día, el concepto original se considera una de las rarezas más fascinantes y simpáticas de la historia de la ingeniería automotriz. Un recordatorio de la época en que las marcas se daban el lujo de construir ideas absurdas solo para demostrar de lo que eran capaces.
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