Lo que subió a bordo aquel día no era solo una captura extraña
Lo que subió a bordo aquel día no era solo una captura extraña. Era una criatura que parecía salida de otro mundo.
El 22 de febrero de 2007, durante una faena de pesca en las aguas heladas del mar de Ross, la tripulación del barco San Aspiring intentaba izar un bacalao del sur atrapado en un palangre. Pero cuando el animal emergió, quedó claro que venía acompañado. Aferrado a su presa apareció un calamar colosal, una de las criaturas más enigmáticas y poderosas del océano profundo.
El ejemplar fue enviado al museo Te Papa Tongarewa, en Wellington, Nueva Zelanda, donde los investigadores confirmaron que pertenecía a la especie Mesonychoteuthis hamiltoni, distinta del famoso calamar gigante. La diferencia no era menor. El calamar colosal no solo es más robusto y pesado, sino que además posee tentáculos armados con ganchos giratorios y ventosas dentadas, verdaderas herramientas de combate en la oscuridad abisal.
También tenía algo aún más impresionante: los ojos más grandes conocidos del reino animal. Incluso en estado dañado y contraído tras la muerte, cada globo ocular alcanzaba unos 27 centímetros de diámetro. En vida, probablemente fueron todavía mayores. En las profundidades del océano austral, donde casi no existe luz, esos ojos no son un detalle extraño. Son una necesidad absoluta.
El espécimen pesó 495 kilos y, durante la disección, los científicos descubrieron además que era una hembra, con miles de óvulos en sus ovarios. Y aun así, su pico era más pequeño que otros hallados antes en estómagos de cachalotes, lo que sugiere una idea inquietante: este monstruo no era necesariamente el mayor de su especie.
Hoy sigue conservado en el museo neozelandés, como una prueba silenciosa de que en las profundidades todavía existen formas de vida que parecen desafiar toda lógica.
Porque el océano no solo guarda misterios.
También guarda gigantes.
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