Los aeródromos soviéticos a menudo presentaban vehículos que parecían sacados de una novela de ciencia ficción: camiones con un motor a reacción...
Los aeródromos soviéticos a menudo presentaban vehículos que parecían sacados de una novela de ciencia ficción: camiones con un motor a reacción montado en la plataforma de carga, apuntando al suelo como un cañón de aire.
Eran los famosos MAZ 5335 modificados, y su función era tan sencilla como ingeniosa: despejar pistas.
El núcleo del sistema era un motor turborreactor rescatado de un avión militar fuera de servicio. Una vez montado en el camión, se dirigía al asfalto y se encendía a una potencia controlada. El resultado era un chorro de aire frío a altísima velocidad, capaz de barrer nieve, hielo ligero, polvo, hojas y diversos escombros.
El aire frío era crucial: no derretía la nieve, impidiendo así que las capas de agua se volvieran a congelar, sino que la levantaba y la alejaba de la pista. En esencia, era un soplador industrial gigante propulsado por un motor de avión.
El principio era brutal pero efectivo. Y, sobre todo, explotaba lo que la Unión Soviética tenía en abundancia: motores a reacción fuera de servicio y cierta predilección por las soluciones técnicas robustas. Incluso hoy, en algunos aeropuertos de la antigua URSS, aún se pueden ver aeronaves similares en operación, testimonio de una época en la que la creatividad ingenieril no temía ser espectacular.
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