Los perros pueden aprender a actuar, pero hay un detalle que los delata: para ellos, todo sigue siendo un juego
Los perros pueden aprender a actuar, pero hay un detalle que los delata: para ellos, todo sigue siendo un juego.
En el cine, muchos comportamientos se logran con entrenamiento positivo. El animal recibe una señal, realiza una acción y luego espera una recompensa. Eso funciona muy bien cuando se necesita que corra, busque, ladre o entre en escena.
El problema aparece cuando el perro debe parecer feroz.
Durante producciones como Las crónicas de Narnia: El león, la bruja y el armario, se usaron perros para representar lobos en algunas escenas. Para que registraran una cabaña de forma natural, el equipo escondía comida dentro del set. La idea funcionaba: los perros olfateaban, buscaban y se movían con realismo.
Pero había un problema.
Estaban felices.
Sacaban la lengua, movían la cola y actuaban como lo que eran: perros entrenados disfrutando de una tarea. No parecían lobos peligrosos ni soldados de una bruja oscura, sino animales emocionados por encontrar premios.
Por eso, en muchas películas donde los perros deben verse realmente amenazantes, el cine recurre a efectos digitales: se corrige el movimiento de la cola, se altera la expresión, se oscurece el pelaje o se modifican detalles del rostro y del cuerpo.
Algo parecido ocurre en escenas más extremas, como las de perros infectados o criaturas alteradas, donde el animal real solo sirve como base y el aspecto final se construye con CGI.
La cámara puede convertir a un perro en lobo, monstruo o criatura de pesadilla.
Pero detrás de esa ferocidad casi siempre hay algo mucho más simple:
un buen perro jugando a hacer su trabajo.
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