Ni el hierro pudo controlar lo que el miedo intentaba poseer
Ni el hierro pudo controlar lo que el miedo intentaba poseer
En tiempos antiguos se contaba la historia de un rey consumido por los celos.
Sospechaba de su reina cuando él no estaba.
Y en lugar de confiar, decidió vigilar.
Llamó a un herrero a la corte y le ordenó fabricar una prenda de hierro con un candado, una especie de símbolo frío de control absoluto. El rey la hizo colocar, cerró la llave y se la guardó como si con eso pudiera encerrar la voluntad.
Cuando regresaba, la abría.
Cuando se iba, la cerraba.
Creía que el metal podía reemplazar la confianza.
Pero la historia toma un giro irónico.
Cuando el rey partió a la guerra, la reina comenzó a cambiar su cuerpo. Con disciplina, con paciencia, con tiempo. La pieza fue perdiendo ajuste hasta que terminó por soltarse.
Mientras el rey estaba lejos, ella recuperó su libertad.
Y cuando llegó la noticia de su regreso, la reina volvió a comer en exceso, recuperó peso y el hierro volvió a ajustarse como antes.
El candado seguía allí.
Pero ya no significaba nada.
Porque lo que esta historia deja al descubierto no es la astucia de una reina, sino la fragilidad de una idea.
La idea de que se puede controlar a una persona con ropa, con reglas, con símbolos, con miedo.
El poder que se sostiene solo en restricciones siempre termina enfrentándose a lo mismo: la realidad humana.
Y entonces llega la pregunta final, la que atraviesa siglos.
Si ni siquiera un candado de hierro pudo gobernar una vida,
¿de verdad crees que una prenda, un velo o cualquier símbolo externo puede hacerlo?
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