No parece un queso
No parece un queso. Parece un desafío.
Se llama casu marzu y es una de las tradiciones gastronómicas más extremas de Cerdeña. Parte de una rueda de pecorino, pero su transformación no termina ahí: se deja que las larvas actúen sobre el queso, descomponiéndolo hasta convertir su interior en una masa mucho más blanda, cremosa y de sabor intenso, con un punto ácido muy particular.
Lo más llamativo no es solo cómo se ve, sino cómo se come. Quienes lo prueban suelen cubrirse parte del rostro con la mano, porque los gusanos pueden saltar mientras el queso se manipula.
Puede provocar rechazo inmediato, y no es difícil entender por qué. Pero quienes lo han probado suelen decir algo curioso: el sabor dominante no es el de las larvas, sino el del propio queso, mucho más fuerte, picante y penetrante de lo que la mayoría imagina.
Más allá del impacto visual, este queso también cuenta una historia. La de una cultura donde nada se desperdiciaba y donde incluso lo que hoy parece impensable podía convertirse en alimento.
Repulsivo para unos. Fascinante para otros.
Pero imposible de olvidar.
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