Se le conoce popularmente como el grillo de Jerusalén, "cara de niño" o "niño de la tierra", y su imponente aspecto suele desatar todo tipo de mito...
Se le conoce popularmente como el grillo de Jerusalén, "cara de niño" o "niño de la tierra", y su imponente aspecto suele desatar todo tipo de mitos.
A pesar de su nombre común, la ciencia aclara que no pertenece a la familia de los grillos verdaderos, no es un hemíptero ni tiene ninguna relación geográfica con Jerusalén.
Se trata de un insecto nocturno de la familia Stenopelmatidae que puede alcanzar tamaños sorprendentes, equipado con unas mandíbulas notablemente fuertes.
Pasa la mayor parte de su vida bajo el suelo húmedo, utilizando sus robustas patas delanteras para excavar profundamente en busca de raíces, tubérculos y materia orgánica en descomposición.
Su aspecto prehistórico genera temor con facilidad, pero la realidad es que son inofensivos para los seres humanos.
Al contrario de lo que afirman muchas leyendas urbanas, no son venenosos ni poseen aguijón.
El único riesgo real al manipularlos de forma descuidada es recibir un fuerte pellizco o mordedura debido a la potencia de sus mandíbulas.
En su hábitat natural desempeñan un rol ecológico clave al airear el suelo, acelerar el ciclo de descomposición y controlar de forma natural a otros insectos más pequeños.
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