Si te quitas el casco en el espacio, no vas a explotar como en las películas de ciencia ficción
Si te quitas el casco en el espacio, no vas a explotar como en las películas de ciencia ficción.
La realidad es diferente, pero igual de perturbadora.
Lo último que recordarás antes de perder el conocimiento será tu propia saliva hirviendo sobre la lengua.
Esto no es una teoría. Pasó de verdad en 1966 dentro de una cámara de vacío de la NASA, en Texas.
El técnico Jim LeBlanc probaba un prototipo de traje espacial cuando una manguera de presurización se desconectó por accidente. En pocos segundos, la presión interna cayó a niveles casi nulos.
El peligro más inmediato en un escenario así no es la falta de oxígeno, sino el instinto humano de contener la respiración.
Al caer la presión externa a cero, el aire atrapado en los pulmones se expande de forma violenta. Si intentas retenerlo, esa expansión desgarra los tejidos internos y empuja burbujas de aire directo al torrente sanguíneo, provocando una embolia mortal. Para sobrevivir, un astronauta debe exhalar inmediatamente.
Casi al mismo tiempo comienza el ebulismo.
En el vacío, los fluidos corporales entran en ebullición a temperatura ambiente porque el punto de ebullición de los líquidos disminuye drásticamente a menor presión. Toda la humedad expuesta en los ojos, la boca y las vías respiratorias se vaporiza. LeBlanc sintió ese burbujeo en su boca justo antes de desmayarse, apenas 14 segundos después de iniciar la descompresión.
Ese es el tiempo límite de conciencia: entre 10 y 15 segundos. Es el lapso exacto que le toma a la sangre sin oxígeno viajar desde los pulmones hasta el cerebro.
Tampoco te congelarías al instante. El espacio es extremadamente frío, pero el vacío es un aislante térmico casi perfecto. Sin aire que absorba el calor de la piel por convección o conducción, el cuerpo pierde temperatura de forma muy lenta. El verdadero problema bajo la luz solar directa sería la radiación ultravioleta sin filtrar, que provocaría quemaduras graves en cuestión de minutos.
La ventana de rescate es corta, pero ofrece una oportunidad real.
Si un compañero logra llevar al astronauta de vuelta a la esclusa y recupera la presión en menos de 90 segundos, las posibilidades de una recuperación total son muy altas. Las burbujas de gas vuelven a comprimirse y a disolverse en el cuerpo, y la conciencia regresa en cuanto el oxígeno llega de nuevo al cerebro.
LeBlanc sobrevivió gracias a que su equipo reaccionó en menos de un minuto, demostrando los límites exactos de la resistencia humana en el vacío.
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