Su único pecado fue confiar en su paranoia
Su único pecado fue confiar en su paranoia.
En la noche de Acción de Gracias de 2019, una llamada al 911 rompió el silencio en Van Buren, Maine.
Ronald Cyr, de 65 años, logró marcar el número de emergencias.
Tenía una herida de bala pues había recibido un disparo dentro de su propio hogar.
Cuando los oficiales y paramédicos llegaron al lugar, se encontraron con un escenario sacado de un thriller policial.
No había señales de intrusos.
Tampoco de un asalto.
El culpable de la detonación era un dispositivo de fabricación casera.
Una trampa instalada en la puerta principal.
Ronald había diseñado un mecanismo para que una pistola se disparara automáticamente contra cualquiera que intentara entrar a su propiedad.
En un descuido fatal, su propio creador activó el sistema.
Fue trasladado de urgencia a un hospital local, pero no logró sobrevivir.
La sorpresa para las autoridades fue aún mayor al inspeccionar el resto de la casa.
El lugar estaba lleno de dispositivos desconocidos y trampas similares.
El riesgo era tan alto que el escuadrón de desactivación de explosivos de la Policía del Estado de Maine tuvo que intervenir para asegurar la vivienda.
En Estados Unidos, este tipo de mecanismos de defensa caseros son completamente ilegales.
La ley prohíbe las trampas físicas porque no pueden discriminar.
No diferencian entre un intruso y un bombero, un paramédico o un familiar en una situación de emergencia.
Un caso real que demuestra cómo el miedo extremo y las soluciones al margen de la ley pueden terminar construyendo el peligro más cercano.
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