TRABAJOS DE MIERDA (Y CON LA MIERDA) EN LA INGLATERRA VICTORIANA

TRABAJOS DE MIERDA (Y CON LA MIERDA) EN LA INGLATERRA VICTORIANA

La Inglaterra victoriana tenía una habilidad extraordinaria para producir dos cosas al mismo tiempo: imperios y excrementos. Bajo la postal idílica de chimeneas industriales, bancos florecientes y caballeros con levita, existía un ejército invisible dedicado a gestionar la suciedad de la mayor ciudad del planeta. Y dentro de ese ejército, reflejo fiel de la obsesión de la época, había clases sociales incluso entre los condenados a convivir con la inmundicia. No era lo mismo ser un "night-soil man" que un "pure finder". Ambos trabajaban rodeados de excrementos, sí, pero con diferente estatus.

El night-soil man (el pocero) ocupaba el escalón respetable dentro del gremio fecal. Eran los trabajadores encargados de vaciar por las noches los pozos negros, las letrinas y las fosas sépticas de la ciudad. Durante la primera mitad del siglo XIX, Londres dependía críticamente de ellos para no ahogarse en sus propios detritos. Su trabajo requería fuerza física, resistencia y cierta pericia técnica, ya que descender a una fosa saturada de gases tóxicos podía matarte por asfixia en cuestión de minutos. Por ello, lo hacían de noche (el hedor era tan brutal que trabajar a plena luz del día podía provocar motines vecinales y arcadas colectivas) y solían organizarse en cuadrillas profesionales que utilizaban carros, cubos, poleas y bombas rudimentarias.

Las condiciones eran infernales, pero el salario resultaba relativamente bueno para los estándares de la clase obrera. En las décadas de 1840 y 1850, estos hombres podían ganar más que un trabajador no cualificado de fábrica o que un jornalero común. El motivo era de un pragmatismo aplastante: casi nadie quería hacerlo. El mercado laboral victoriano podía tolerar muchas miserias, pero incluso allí existían empleos que repelían hasta al hambre. Además, el trabajo era esencial y urgente. Si un pozo negro rebosaba, el problema no era filosófico. Era biológico y olfativo. ¿Y qué hacían con los desechos? Pues sacarse un sobresueldo vendiendo la "mercancía" a los granjeros de las afueras de Londres como fertilizante.

Eso sí, el dinero venía acompañado de una reputación social pésima. Los night-soil men eran vistos por la burguesía como hombres embrutecidos, sucios y moralmente degradados por el contacto con la inmundicia. El hedor, al parecer, también contagiaba el estatus. Sin embargo, en los callejones de los barrios obreros existía una ambivalencia curiosa: inspiraban asco, desde luego, pero también el respeto que se le otorga a los tipos duros que realizan el trabajo sucio del que depende la supervivencia de toda la comunidad.

El caso de los pure finders (literalmente "buscadores de pureza") era mucho más desolador. Ellos no vaciaban letrinas ni formaban parte de la infraestructura urbana organizada. Vagaban a plena luz del día por las calles recolectando excrementos de perro para vendérselo a las curtidurías. Allí, se metían las pieles en una especie de excrementos caninos fermentados donde se trabajaba para obtener un cuero más suave, flexible, manejable y sin cal (de aquí vendría lo de "pure"). Esta ocupación estaba ligada a los eslabones más vulnerables: ancianos, viudas y niños incapaces de acceder a trabajos más duros. Mientras el pocero pertenecía al mundo del trabajo físico corporativo, el pure finder vivía en el mismísimo borde de la mendicidad.

Los pure finders dependían por completo de la suerte, de lo que encontraran en las aceras y del precio fluctuante que decidieran pagar los curtidores. Sin estabilidad, sin cuadrillas y sin la menor protección, un mal día de recolección significaba, sencillamente, no comer. Socialmente, los pure finders ocupaban el subsuelo del imaginario victoriano. No eran considerados trabajadores, sino desechos humanos reciclándose entre los propios residuos de la metrópoli.

Esta forma de vida, sin embargo, tenía fecha de caducidad. Todo saltó por los aires tras el Gran Hedor de 1858, cuando el Parlamento, asfixiado por el tufo del Támesis (parece ser que no toda la mercancía era vendida), se vio obligado a financiar la colosal red de alcantarillado subterráneo diseñada por Joseph Bazalgette. Hacia la década de 1860, la ingeniería civil jubiló para siempre a la aristocracia del pozo negro.

Con todo, ambos oficios revelan la misma verdad incómoda: el esplendor de la era victoriana descansaba sobre una infraestructura humana cubierta de barro y detritos. Mientras Charles Dickens denunciaba las lacras sociales en sus novelas y colaboraba en las reformas sanitarias, y el Imperio británico presumía de ser la cúspide de la civilización, miles de personas sobrevivían gracias a oficios que hoy parecerían fruto de una sátira grotesca.

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