Una mañana del verano de 2026, Pedro Bravo, un niño de 9 años de Las Rozas, jugaba con sus amigos cuando vieron una pequeña cigüeña que apenas p...

📅 14/01/2026

Una mañana del verano de 1957, Pedro Bravo, un niño de 9 años de Las Rozas, jugaba con sus amigos cuando vieron una pequeña cigüeña que apenas podía volar y comenzaron a perseguirla. Los niños la atraparon y paseaban con ella por el pueblo cuando, al pasar por la fundición, uno de los dueños les ofreció dinero por el pájaro. Los niños aceptaron encantados.

A partir de entonces, el animal pasó a formar parte de la historia y la memoria de la ciudad, convirtiéndose en su mascota. Manolo González, que también trabajaba en la fundición, lo cuidaba, curando sus heridas y reparando el ala rota que le impedía volar. Lo llamaron María.

Creían que no podía volar porque su madre la había arrojado del nido en lo alto del campanario de la iglesia. Cuando aprendió a volar, Manolo llamaba a María, y dondequiera que estuviera, ella volvía. Anotaba la hora de cierre de la fundición y esperaba en la puerta para quedarse dormido.

Una de las anécdotas más curiosas era ver a la cigüeña vagando sola por las calles. Todos los días seguía la misma ruta, visitando las tiendas del centro y subiendo las escaleras en busca de comida. Todos los días iba a la carnicería de Juanín y a la pescadería de Fermín a comer. Recorría todo el pueblo y se acercaba a los vecinos, pero siempre volvía a la fundición. Le tomaron cariño.

Los obreros de la fundición incluso le construyeron un nido dentro del edificio para que estuviera cómoda y pudiera dormir durante las frías noches de invierno. Para ello, apilaron bidones y colocaron a María encima. Como trabajaban con carbón en el taller y María se ensuciaba de hollín al caminar, solían bañarla para limpiarla. Al principio no le gustaba mucho, pero luego se quedaba completamente quieta y no se movía mientras le limpiaban la suciedad de las plumas.

La vida de María estuvo ligada a Las Rozas durante cuatro o cinco años, hasta el día en que la encontraron muerta. Sospechaban que un coche la había atropellado, pero nunca encontraron al culpable. A pesar de su muerte prematura, el recuerdo de María siempre ha permanecido vivo en Las Rozas: el escudo de armas del pueblo luce una cigüeña en su honor, y una calle y una guardería llevan su nombre.

Existen numerosas fotografías de María con los aldeanos. Era tan amable que posaba con ellos y, como se puede apreciar por las sombras en su plumaje, es innegable que vivía en una fundición.

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