Zacharia Mutai se inclina sobre el lomo de Najin en el polvo de la sabana keniana
Zacharia Mutai se inclina sobre el lomo de Najin en el polvo de la sabana keniana. Acaricia su piel áspera con una delicadeza casi exagerada, como si el animal fuera de cristal y pudiera romperse al simple roce del viento. Es una escena extraña. Pero Najin y su hija Fatu no son rinocerontes comunes: son los dos últimos rinocerontes blancos del norte que quedan en el planeta. Cuando mueran, esa historia terminará para siempre.
Por eso la reserva de Ol Pejeta nunca duerme. Hombres armados la rodean las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana. Es una vigilancia constante contra los cazadores furtivos, un esfuerzo desesperado y absurdo por evitar la extinción de una especie. Zacharia y los demás cuidadores han pasado más tiempo inmersos en el barro con estos animales que con sus propias esposas e hijos. Parece fácil decirlo, pero el precio personal es brutal. A cambio, han desarrollado un vínculo especial: entienden el ritmo de su respiración, saben cuándo tienen miedo y el significado de cada uno de sus silencios.
En este punto, Zacharia ya no es un empleado que se ciñe a un horario. Es su sombra. Él y su equipo son la única barrera real entre la existencia de estos gigantes y la nada absoluta. Mientras vigilan, con los rifles al hombro, un grupo de científicos trabaja contrarreloj en los laboratorios, intentando lo imposible: utilizar técnicas de reproducción asistida para construirles un futuro que la mano del hombre les ha arrebatado repentinamente.
Cada maldito amanecer en Ol Pejeta es una bofetada a la realidad. Te recuerda la asombrosa facilidad con la que los humanos pueden borrar del mapa una creación milenaria, pero también la tenacidad de los pocos que se niegan a rendirse. Allí, entre el susurro de la hierba y el rugido de los leones, la vida de toda una especie depende de un puñado de hombres que nunca bajan la guardia.
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