A finales del siglo XIX, Persia confió parte de sus finanzas a funcionarios de un pequeño país europeo para evitar caer aún más ...

A finales del siglo XIX, Persia confió parte de sus finanzas a funcionarios de un pequeño país europeo para evitar caer aún más bajo la influencia de Rusia o Gran Bretaña.

Ese país era Bélgica.

El Gobierno persa atravesaba una grave crisis financiera. Necesitaba préstamos extranjeros y utilizaba los ingresos de las aduanas como garantía, pero su sistema de recaudación era ineficiente, fragmentado y vulnerable a prácticas corruptas.

Contratar directamente a funcionarios rusos o británicos habría fortalecido demasiado a una de las dos potencias que competían por dominar Persia. Por eso, las partes aceptaron recurrir a especialistas belgas, procedentes de un Estado europeo con menor peso político en la región.

El 15 de marzo de 1898, tres funcionarios belgas llegaron a Teherán.

Su misión consistía en reorganizar las aduanas siguiendo un modelo administrativo moderno. Debían reemplazar antiguos sistemas privados de recaudación, revisar tarifas, reducir impuestos internos que dificultaban el comercio, llevar cuentas rigurosas y formar empleados persas.

El principal responsable era Joseph Naus.

Los resultados aparecieron rápidamente. Entre la llegada de los belgas y finales de 1899, los ingresos aduaneros aumentaron más de un 35 por ciento. El éxito convenció al Gobierno de contratar más especialistas.

La influencia belga comenzó entonces a extenderse.

Además de las aduanas, sus funcionarios participaron en la reorganización del correo, la tesorería, los registros de tierras, los servicios de abastecimiento y algunas medidas sanitarias adoptadas después de epidemias de peste y cólera.

En 1913 había 63 funcionarios belgas trabajando en Persia, muchos de ellos acompañados por sus familias.

Pero la modernización también produjo resistencia.

Los controles aduaneros más estrictos afectaron a comerciantes y propietarios acostumbrados a un sistema menos regulado. Las reformas fiscales chocaron con los intereses de grandes terratenientes, mientras los nacionalistas acusaban a los belgas de mantenerse demasiado próximos a Rusia y a la monarquía persa.

Durante la Revolución Constitucional, Joseph Naus se convirtió en uno de los principales blancos de las protestas. Su destitución fue exigida junto con la creación de un parlamento y mayores límites al poder del Gobierno.

Finalmente abandonó Persia después del establecimiento del régimen constitucional.

Su salida no puso fin a la presencia belga. Otros funcionarios continuaron administrando y modernizando las aduanas y el servicio postal durante varias décadas, aunque nunca volvieron a alcanzar la misma influencia política.

La conexión entre Bélgica e Irán nació entre libros de cuentas, sellos y oficinas públicas.

Fue uno de los primeros grandes proyectos de asistencia administrativa moderna del país, pero también mostró que incluso una reforma técnica podía quedar atrapada entre intereses extranjeros, privilegios internos y la lucha de una sociedad por decidir quién debía gobernarla.

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