Antes de fabricar prótesis, James Gillingham hacía botas y zapatos

Antes de fabricar prótesis, James Gillingham hacía botas y zapatos. Fue precisamente su experiencia moldeando cuero la que terminó permitiéndole devolver movilidad a miles de personas.

Gillingham nació en 1839 en Chard, una pequeña localidad inglesa del condado de Somerset. Allí dirigía el negocio familiar, conocido como The Golden Boot.

En marzo de 1863, Chard celebraba el matrimonio del príncipe de Gales cuando un cañón utilizado durante los festejos falló. La baqueta salió disparada y destrozó el brazo de William Singleton, guardabosques de una propiedad cercana.

Los médicos tuvieron que amputarle el brazo completo hasta el hombro.

Dos o tres años después, Singleton entró en la tienda de Gillingham y le contó que nadie había logrado fabricar una prótesis adecuada para una amputación tan alta.

Gillingham no tenía formación médica, pero decidió intentarlo.

Le ofreció construir el brazo sin cobrarle. Utilizó cuero endurecido, madera ligera, bisagras metálicas, correas y hebillas. En lugar de una mano decorativa, Singleton eligió un gancho que pudiera servirle para continuar trabajando.

La prótesis funcionó mucho mejor de lo esperado.

Singleton podía cargar peso, utilizar herramientas y empujar una carretilla. En una fotografía llegó a demostrar su resistencia levantando al propio Gillingham.

El resultado impresionó a los médicos locales, quienes recomendaron que el invento fuera presentado ante especialistas de Londres. Pronto comenzaron a llegar nuevos pacientes.

Gillingham aplicó al cuerpo humano las técnicas que conocía como zapatero. Moldeaba el cuero para ajustarlo a cada persona y después lo endurecía, creando prótesis más ligeras y cómodas que muchas de las estructuras de madera y metal disponibles en aquella época.

También diseñó accesorios según las necesidades de cada usuario: ganchos para trabajar, manos articuladas, utensilios para comer y mecanismos que permitían realizar tareas cotidianas.

En 1868, la revista médica The Lancet elogió sus prótesis por ser fuertes, ligeras, duraderas y de apariencia natural.

Para 1910, su taller había atendido a más de 15.000 personas.

Gillingham también documentó a muchos pacientes mediante fotografías de estudio. En ellas no aparecían escondiendo sus prótesis, sino utilizándolas, posando de pie o mostrando las actividades que habían recuperado.

Murió en 1924, pero su hijo Sidney y su nieto Geoffrey continuaron el trabajo. La empresa familiar fue vendida en 1950 y permaneció activa hasta la década de 1960.

Lo que comenzó con un zapatero dispuesto a ayudar gratuitamente a un hombre terminó convirtiendo a Chard en uno de los centros británicos más importantes para la fabricación de prótesis.

James Gillingham entendió algo adelantado para su época: una prótesis no debía limitarse a reemplazar una parte ausente del cuerpo. Debía permitir que la persona recuperara parte de su independencia.

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