Durante siglos, la mordedura de un animal con rabia era considerada casi una sentencia de muerte
Durante siglos, la mordedura de un animal con rabia era considerada casi una sentencia de muerte. La enfermedad podía permanecer silenciosa durante semanas o meses, pero cuando aparecían los síntomas, ya no existía una forma eficaz de detenerla.
El virus suele ingresar al cuerpo mediante la saliva de un mamífero infectado. Desde la herida avanza lentamente por los nervios hasta alcanzar la médula espinal y el cerebro.
En perros, zorros, mapaches y otros animales puede alterar profundamente la conducta. Algunos pierden su temor habitual, se vuelven inquietos y atacan sin provocación. Otros desarrollan una forma paralítica y permanecen débiles, desorientados o incapaces de moverse.
En los seres humanos, la rabia provoca una pesadilla diferente.
La forma conocida como rabia furiosa puede causar ansiedad, alucinaciones, confusión, convulsiones y periodos de agitación extrema. Un paciente puede forcejear durante el delirio, pero el virus no le produce una necesidad específica de morder a otras personas.
Uno de sus síntomas más angustiosos es la hidrofobia.
Aunque el término significa “miedo al agua”, el paciente no teme realmente al líquido. Cuando intenta beber, los músculos de la garganta sufren espasmos involuntarios y dolorosos.
Con el avance de la enfermedad, la simple visión del agua, el sonido de un grifo o una corriente de aire sobre el rostro pueden desencadenar nuevas contracciones.
La persona tiene sed, pero su cuerpo le impide tragar.
La dificultad para deglutir también provoca que la saliva se acumule en la boca, lo que explica el babeo históricamente asociado con la rabia.
El primer gran avance contra esta enfermedad ocurrió en Francia en 1885.
Un niño de nueve años llamado Joseph Meister había recibido numerosas mordeduras de un perro rabioso. Su madre lo llevó hasta Louis Pasteur, quien llevaba años estudiando la enfermedad junto con sus colaboradores.
Pasteur todavía no había probado su tratamiento en seres humanos. Utilizaba tejido nervioso de conejos infectados, secado durante distintos periodos para debilitar progresivamente el agente causante de la rabia.
El 6 de julio de 1885, bajo supervisión médica, Joseph comenzó a recibir una serie de inoculaciones. El niño nunca desarrolló la enfermedad.
Aquel procedimiento experimental se convirtió en el origen de la vacunación antirrábica moderna.
La vacuna tiene una característica extraordinaria: puede administrarse después de la exposición. Esto es posible porque el virus suele tardar en viajar desde la herida hasta el sistema nervioso central. La vacunación permite que el organismo produzca defensas antes de que la infección alcance el cerebro.
Las vacunas actuales ya no se fabrican con el antiguo método de tejido nervioso. Son productos más seguros y purificados, desarrollados mediante cultivos celulares.
Cuando una persona es mordida o arañada por un animal sospechoso, debe lavar inmediatamente la herida con abundante agua y jabón y buscar atención médica. El tratamiento puede incluir varias dosis de vacuna y, en las exposiciones graves, inmunoglobulina antirrábica aplicada alrededor de la herida.
Una vez que aparecen los síntomas neurológicos, la rabia es casi siempre mortal. Antes de que aparezcan, es una enfermedad prevenible.
Esa es la paradoja más inquietante de la rabia: puede destruir el cerebro y arrebatar el control sobre el cuerpo, pero una intervención realizada a tiempo puede impedir que el virus llegue hasta allí.

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