Cuando terminó la Novena Sinfonía, Beethoven continuaba de espaldas al público
Cuando terminó la Novena Sinfonía, Beethoven continuaba de espaldas al público.
No había escuchado los aplausos.
Era el 7 de mayo de 1824, en el Theater am Kärntnertor de Viena. El director Michael Umlauf había conducido realmente la orquesta, mientras Beethoven permanecía sobre el escenario siguiendo la partitura y marcando el ritmo de una música que ya no podía oír.
La contralto Caroline Unger se acercó y lo hizo girar.
Solo entonces Beethoven vio al público celebrando una obra que acabaría convirtiéndose en una de las composiciones más importantes de la historia.
Su sordera había comenzado décadas antes.
En una carta de 1801, cuando tenía treinta años, confesó que llevaba aproximadamente tres años perdiendo la audición. Ya no distinguía correctamente los registros agudos, escuchaba zumbidos constantes y podía percibir una voz sin comprender las palabras.
Para un compositor y pianista, aquello era una amenaza devastadora.
Comenzó a evitar reuniones porque temía que las personas descubrieran su condición. En 1802, aislado en Heiligenstadt, escribió una carta a sus hermanos en la que reconoció haber pensado en terminar con su vida.
Lo detuvo la música.
Sentía que todavía no había creado todo lo que llevaba dentro.
Durante los años siguientes buscó cualquier tratamiento que pudiera devolverle la audición. Probó aceites, baños, preparaciones medicinales y remedios que no ofrecieron resultados duraderos.
El inventor Johann Nepomuk Mälzel fabricó para él varias trompetillas auditivas. Algunas estaban diseñadas para concentrar sonidos agudos y otras para frecuencias más bajas. Durante un tiempo le proporcionaron cierta ayuda, pero su deterioro continuó.
En 1818 comenzó a utilizar cuadernos de conversación. Sus visitantes escribían allí lo que querían decirle y Beethoven respondía en voz alta. Más de un centenar de esos cuadernos sobrevivieron y permiten conocer fragmentos de su vida cotidiana.
Ese mismo año recibió un gran piano construido por la casa londinense Broadwood.
El instrumento tenía una sonoridad potente y una estructura que transmitía con fuerza las vibraciones. Beethoven podía percibirlas a través de las manos, los brazos, los pies y el cuerpo mientras tocaba.
En 1820 se instaló sobre el piano una gran estructura metálica diseñada para concentrar el sonido alrededor de su cabeza. También experimentó con una varilla apoyada entre los dientes y conectada al instrumento, aprovechando la conducción de las vibraciones a través de los huesos.
Ninguno de estos recursos curó su sordera.
Le permitieron aprovechar durante algún tiempo los restos de audición y, sobre todo, sentir físicamente la música. Pero Beethoven no dependía únicamente del piano para componer.
Dominaba la armonía, la estructura y el sonido de cada instrumento. Podía imaginar mentalmente una orquesta completa y trasladarla al papel sin escuchar su interpretación real.
Así nacieron durante sus años de mayor pérdida auditiva la Missa solemnis, la Novena Sinfonía, las últimas sonatas para piano y algunos de los cuartetos más audaces de su carrera.
La causa exacta de su sordera continúa sin conocerse. Se han propuesto distintas enfermedades, pero ninguna ha podido demostrarse de manera definitiva. Un análisis genético publicado en 2023 tampoco encontró una explicación molecular clara para su pérdida auditiva.
La investigación sí reveló una predisposición genética a sufrir enfermedades hepáticas y señales de una infección por hepatitis B durante los últimos meses de su vida. Estos factores, combinados con su consumo de alcohol, pudieron contribuir al grave daño de su hígado.
Beethoven murió en Viena el 26 de marzo de 1827. Tenía 56 años y había continuado componiendo hasta pocos meses antes.
Nunca logró vencer físicamente a la sordera.
Su triunfo consistió en impedir que el silencio decidiera el final de su obra.

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