Seis trabajadores humanitarios salieron de Bunia para ayudar a comunidades golpeadas por la guerra
Seis trabajadores humanitarios salieron de Bunia para ayudar a comunidades golpeadas por la guerra.
Nunca regresaron.
El 26 de abril de 2001, dos vehículos del Comité Internacional de la Cruz Roja avanzaban hacia Fataki, en la provincia de Ituri, al noreste de la República Democrática del Congo.
Los automóviles estaban claramente identificados con el emblema de la Cruz Roja. Sus ocupantes no llevaban armas ni participaban en los combates.
Su misión era evaluar las necesidades médicas de los centros de salud, conocer la situación de las familias desplazadas, distribuir ayuda y entregar mensajes entre personas separadas por la guerra.
Entre ellos se encontraba Julio Delgado, un delegado humanitario colombiano de 54 años.
Había nacido en Bogotá y llevaba aproximadamente dos décadas trabajando para aliviar el sufrimiento en algunos de los lugares más difíciles del mundo. Había participado en misiones en Uganda, Somalia, Sudán, Kenia y Yibuti antes de llegar al Congo.
Viajaba acompañado por Rita Fox-Stucki, una enfermera suiza, y por cuatro trabajadores congoleños: Véronique Saro, dedicada a labores sanitarias; Unen Ufoy-Rwoth, vinculado a la búsqueda de familiares separados; y los conductores Aduwe Boboli y Jean Molokabonge.
Cerca de Fataki, a unos 70 kilómetros de Bunia, el equipo fue atacado por hombres armados.
Los seis fueron asesinados.
La noticia provocó indignación internacional. El Comité Internacional de la Cruz Roja suspendió sus actividades en varias zonas de la región y condenó el ataque contra personas protegidas por el derecho humanitario.
El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas expresó sus condolencias a las familias y a los gobiernos de Colombia, Suiza y la República Democrática del Congo.
La tragedia dejó al descubierto una realidad dolorosa.
El emblema de la Cruz Roja había sido creado para proteger a quienes atienden heridos, buscan desaparecidos y llevan alimentos a la población civil. Sin embargo, en aquella carretera, ni el símbolo, ni la neutralidad, ni la naturaleza humanitaria de la misión consiguieron salvarlos.
Julio Delgado había cruzado medio mundo para ayudar a personas que no conocía.
Sus compañeros congoleños trabajaban entre comunidades afectadas por una guerra que también amenazaba a sus propias familias. Rita Fox-Stucki había llegado desde Suiza para atender a quienes apenas tenían acceso a servicios médicos.
Eran seis personas de tres países distintos unidas por la misma tarea.
La conexión entre Colombia y la República Democrática del Congo quedó marcada por sus nombres y por una carretera en Ituri donde la ayuda humanitaria fue recibida con violencia.
A veces, la historia entre dos naciones también se escribe mediante quienes viajan lejos de casa para proteger vidas ajenas y terminan entregando la propia.

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