El taxista oyó su acento: 'No llevo terroni, ensucian.' Era Maradona

El taxista oyó su acento: 'No llevo terroni, ensucian.' Era Maradona

18 de marzo de 1988, Nápoles. Eran casi las 11 de la noche cuando Diego Armando Maradona salió del restaurante Si Teresa, en la Via Caracciolo, con la chaqueta de cuero cerrada hasta el pecho y el olor del mar pegado a la cara. El viento traía sal, diésel y ese frío húmedo que se mete por las mangas aunque uno camine rápido.

Venía de cenar con Claudia, que había llegado desde Buenos Aires para verlo unos días. La cena no había sido una tregua. Habían hablado de las niñas, de la distancia, de Dalma, de ese matrimonio que seguía teniendo nombre aunque ya casi no tuviera casa común. La vajilla había sonado demasiado fuerte entre silencios, y Diego salió con una rabia cansada, de esas que no buscan pelea, solo una esquina donde respirar.

Su chofer tenía la noche libre. Claudia ya se había ido al hotel. Diego levantó la mano y un Fiat blanco y azul se detuvo junto a la banqueta.

Abrió la puerta trasera. “Buenasera. Necesito ir a Posillipo. Via Tito Lucrezio Caro.”

El taxista, un hombre de unos cincuenta años, bigote gris y cuello grueso, giró apenas la cabeza. Le bastó escuchar el acento: esa cadencia sureña, esa mezcla de calle, Buenos Aires y Nápoles que nunca sonaba fina para quienes se creían por encima de los demás.

Su cara cambió.

“No.”

Diego se quedó inclinado sobre la puerta abierta. “¿Cómo que no? El taxi está vacío.”

“No llevo gente a Posillipo esta noche.”

“Son veinte minutos. Pago lo que marque el taxímetro.”

El hombre lo miró por el retrovisor con un desprecio tan limpio que no necesitó levantar la voz. “No llevo terroni. Ensucian el asiento. Acabo de limpiar el coche. Y gente como vos seguro ni trae para pagar. Buscá otro taxi. Los del sur están acostumbrados a caminar.”

Por un segundo, la ciudad entera se apagó dentro de Diego.

No era la primera vez que escuchaba esa palabra. La había escuchado en Turín, en Milán, en las tribunas donde le gritaban que Nápoles olía mal, que el sur era una vergüenza, que la pobreza tenía acento. La había escuchado de periodistas del norte, de rivales, de señores elegantes que se tapaban la boca mientras se reían.

Pero escucharla de un napolitano dolió distinto.

Porque los napolitanos también eran “terroni” para el norte. También eran los señalados, los burlados, los que tenían que ganar dos veces para que les reconocieran una. Y ese hombre, sentado en un taxi limpio, estaba repitiendo contra otro la misma humillación que seguramente le habían escupido a él toda la vida.

El prejuicio siempre hace eso: aprende el golpe y luego busca a alguien más abajo para descargarlo.

Diego pudo decir su nombre. Pudo quitarse los lentes, inclinarse hacia la luz y dejar que el taxista entendiera a quién acababa de insultar. Pudo recordarle que el hombre al que llamaba sucio era el mismo que cada domingo hacía que el San Paolo rugiera como si el sur entero tuviera garganta.

No lo hizo.

Tal vez estaba demasiado cansado por la discusión con Claudia. Tal vez no quería ganar esa pequeña batalla usando fama, porque eso habría dejado intacta la herida. Tal vez, por una vez, simplemente no tenía ganas de pelear.

“Está bien”, dijo.

Cerró la puerta.

El taxi arrancó sin mirar atrás, y Diego quedó solo en la acera, con la mano todavía suspendida como si el metal de la puerta siguiera ahí. A las 11:07, según el reloj luminoso de una farmacia cercana, empezó a caminar hacia la siguiente esquina.

Caminó cinco minutos. La rabia le subía por el pecho, pero sus piernas la iban moliendo contra la banqueta. En su cabeza volvió Villafiorito, volvió el pibe flaco al que miraban de arriba abajo antes de dejarlo probar, volvió esa sensación antigua de tener que demostrar que uno no era basura antes de que alguien aceptara verlo como persona.

En la segunda esquina levantó la mano otra vez.

Se detuvo otro taxi, más viejo, con una abolladura en el costado y un taxímetro que parecía sobrevivir por puro orgullo. El conductor era un hombre mayor, delgado, con gorra de tela gastada y ojos tranquilos.

“Buenas, ragazzo. ¿A dónde vas?”

“Posillipo. Via Tito Lucrezio Caro.”

“Subí. Con este tráfico serán unas quince mil liras.”

Diego subió. El asiento olía a cigarro viejo, tela húmeda y muchas noches de trabajo. Era un olor áspero, pero no ofensivo. Era vida.

El conductor se llamaba Salvatore Russo, aunque Diego todavía no lo sabía. Habló durante el trayecto como hablan los hombres que pasan demasiadas horas solos: de los doce pasajeros del día, de que todo subía menos las tarifas, de un hijo que quería estudiar en la universidad y de una casa donde el dinero nunca alcanzaba.

“¿Sos de acá?”, preguntó por el espejo.

“No. Buenos Aires. Argentina.”

“Ah, Argentina.” Salvatore sonrió. “Tengo un primo allá. Se fue en los sesenta, trabaja en fábrica. Buena gente los argentinos. Trabajadores. Como nosotros, los napolitanos. Del sur todos, tratados como menos, pero seguimos, ¿no?”

Diego sintió que algo se aflojaba dentro de él.

“Sí”, dijo. “Seguimos.”

El taxi subió hacia Posillipo. Por la ventana apareció el Golfo de Nápoles, oscuro, lleno de luces temblando sobre el agua. Diego había visto esa vista cientos de veces, pero esa noche pareció más verdadera, como si la ciudad le estuviera mostrando las dos caras al mismo tiempo: la que desprecia y la que abraza.

Al llegar, el taxímetro marcó 14,500 liras. Diego le dio un billete de 20,000.

“Quedate con el cambio.”

“No, es demasiado.”

“Te lo ganaste”, dijo Diego. “Por tratarme como persona, no como basura.”

Salvatore frunció el ceño, sinceramente confundido. “¿Y por qué iba a tratarte como basura? Ricos o pobres, del norte o del sur, todos necesitamos llegar a casa.”

Ahí Diego tuvo que tragar saliva.

“¿Cómo te llamás?”

“Salvatore Russo.”

“Mucho gusto, Salvatore. Yo soy Diego.”

El viejo soltó una risa suave. “Diego hay muchos.”

Diego se quitó la gorra. Luego los lentes. Giró el rostro hacia la luz interior del taxi.

“En el San Paolo solo hay uno.”

La boca de Salvatore se abrió sin sonido. “Madonna santa… sos vos.”

Diego asintió. “Y vos me trataste mejor que la mitad de esta ciudad. Gracias.”

Bajó antes de que Salvatore pudiera responder. El taxi quedó detenido varios minutos frente al edificio, con el motor encendido y el conductor inmóvil detrás del volante, como si acabara de transportar no a una celebridad, sino a una lección.

Diez cuadras atrás, el primer taxista seguía esperando pasajeros en Via Caracciolo. Se llamaba Roberto Martino, llevaba veinte años manejando y se creía un buen juez de carácter. Encendió la radio deportiva para matar el tiempo.

Hablaban del Napoli contra Pescara del día siguiente. Hablaban de Maradona, de su semana de entrenamiento, de que lo habían visto salir de Si Teresa cerca de las 11.

Roberto dejó de respirar.

Si Teresa. Via Caracciolo. Once de la noche.

Los lentes oscuros. La chaqueta de cuero. El acento.

Tomó la radio de la central con la mano rígida. “Angelo, ¿alguien levantó a un pasajero hace unos minutos en Caracciolo?”

“Sí. Salvatore. ¿Por?”

“¿A dónde lo llevó?”

“A Posillipo. Via Tito Lucrezio Caro.”

Roberto conocía esa calle. Todos los taxistas la conocían. Ahí vivía Maradona.

El estómago se le dobló como papel mojado. Había rechazado al hombre más famoso de Nápoles. Peor: lo había tratado exactamente como el norte trataba a los napolitanos.

Puso el taxi en marcha y manejó hacia Posillipo. Quince minutos de camino los hizo en ocho. Al llegar, vio las luces del tercer piso encendidas. Apagó el motor. Se quedó sentado cinco minutos con las manos sobre el volante, mirando la puerta del edificio y odiándose en silencio.

Luego bajó.

Caminó hasta el portero eléctrico. Tocó el timbre del apartamento de Diego. Arriba, Maradona acababa de quitarse la chaqueta y estaba frente al balcón, con un vaso de whisky en la mano, mirando el golfo como si el agua pudiera explicarle la noche.

El timbre sonó.

Diego fue al intercomunicador.

“¿Sí?”

Al otro lado del portero, la voz del primer taxista empezó a quebrarse—

Contenido original en https://www.facebook.com/122313638594080112/posts/122317592558080112