LA BROMA MÁS MACABRA DE LA HISTORIA: EL ABOGADO QUE HIZO PROCREAR A TODO UN PAÍS POR INTERÉS ENCONÓMICO

LA BROMA MÁS MACABRA DE LA HISTORIA: EL ABOGADO QUE HIZO PROCREAR A TODO UN PAÍS POR INTERÉS ENCONÓMICO

Charles Vance Millar, un reputado abogado de Toronto con cara de no haber roto un plato en su vida, se dedicó a amasar una fortuna colosal en el Canadá de principios del siglo XX con un único objetivo soterrado: poder ejecutar la broma pesada más sublime, maquiavélica y gamberra de la historia moderna.

Cuando Millar estiró la pata en octubre de 1926, no tenía herederos directos, y en lugar de dejarle sus millones a una causa benéfica convencional, decidió redactar un testamento ológrafo de apenas una página. Aquel folio era, en realidad, una declaración de guerra de precisión quirúrgica contra la hipocresía social y el puritanismo de su época. Para empezar, repartió bienes con una ironía demoledora que buscaba poner en evidencia las contradicciones de las élites locales: a un pastor baptista y ferviente activista del prohibicionismo, le legó un valioso paquete de acciones de una conocida empresa cervecera; a dos destacados políticos que exigían la ilegalización de las apuestas y las carreras de caballos, les endosó las acciones de un club hípico local; su casa de veraneo en Jamaica se la cedió conjuntamente a tres abogados que se odiaban a muerte entre sí, obligándolos a convivir indefinidamente si querían disfrutar de la propiedad... Un genio.

Y para rematar la faena, la verdadera obra maestra de la provocación estaba oculta en la novena cláusula del documento: "El resto de mi fortuna será entregado a la madre de la provincia de Ontario que, diez años después de mi muerte, haya dado a luz al mayor número de hijos legítimos". Hablamos de un remanente que ascendía a unos 500.000 dólares de la época, una auténtica millonada que, además, pilló a las familias canadienses de lleno en las garras de la Gran Depresión de la década de 1930. La miseria extrema convirtió la sátira de un millonario en una desesperada carrera por la supervivencia.

Lo que siguió no fue una idílica estampa de la maternidad; fue una competición salvaje bautizada por los medios como el "Great Stork Derby" (el Derbi de la Cigüeña). Durante una década, hubo delaciones entre vecinas, linchamientos públicos y un escrutinio mediático feroz digno de un gran evento deportivo. El gobierno de Ontario, escandalizado por un espectáculo que empujaba a las ciudadanas de los suburbios a convertirse en fábricas humanas de hacer bebés, intentó impugnar judicialmente el testamento alegando que iba «contra la moral pública». Sin embargo, Millar había redactado la cláusula y el millonario concurso era estrictamente legal. Lejos de estar todo bien atado, el dinero pasó diez años congelado acumulando intereses en los tribunales precisamente por la ambigüedad deliberada del texto. Los jueces se vieron obligados a dirimir debates surrealistas sobre qué constituía exactamente un «hijo legítimo», una «madre de Ontario» o si los niños nacidos muertos debían entrar en el recuento.

En 1936 se cerró el marcador oficial. El veredicto final desveló la crudeza de la competición. Cuatro madres (Annie Smith, Kathleen Nagle, Lucy Timleck e Isabel MacLean) se repartieron el premio gordo tras certificar la friolera de 9 hijos válidos, registrados y legítimos paridos en esa única década. Detrás del dato oficial se escondía un drama médico y humano tremendo: varias de estas mujeres soportaron hasta 11 y 12 embarazos en diez años para asegurar el tiro ante una mortalidad infantil que hacía estragos en los barrios pobres. Otras dos mujeres, Lillian Kenny y Pauline Mae Clarke, recibieron sendos premios de consolación menores para detener un litigio que amenazaba con eternizarse, tras haber incluido en sus cuentas a niños fallecidos o nacidos fuera del matrimonio.

Charles Vance Millar logró exactamente lo que se proponía: demostrar que el puritanismo social tiene un precio, ridiculizar la rigidez de las leyes victorianas y conseguir que una provincia entera procreara por pura necesidad económica. Sin embargo, nada cambió para esas familias porque el dinero, una vez repartido, se esfumó rápidamente en pagar las enormes deudas acumuladas por las familias para criar a esa misma prole durante la crisis.

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