Tenía diez años cuando murió el primer niño
Tenía diez años cuando murió el primer niño. Al día siguiente cumplió once.
El caso de Mary Bell conmocionó al Reino Unido porque obligó a la sociedad a enfrentarse a una pregunta difícil: ¿cómo debía juzgarse a una niña que había quitado la vida a otros dos niños?
Mary nació en 1957 y creció en Newcastle dentro de un entorno familiar marcado por el abandono, la inestabilidad y distintas formas de abuso.
El 25 de mayo de 1968, Martin Brown, de cuatro años, fue encontrado sin vida en una casa abandonada del barrio de Scotswood.
Su muerte no despertó inicialmente sospechas de un crimen, pero durante los días siguientes aparecieron notas en una guardería cercana que afirmaban conocer lo sucedido.
Nueve semanas después, el 31 de julio, fue encontrado el cuerpo de Brian Howe, de tres años.
La investigación condujo hasta Mary Bell y Norma Bell, una vecina de trece años que, pese a compartir el apellido, no tenía parentesco con ella.
El juicio comenzó en diciembre de 1968.
Norma fue absuelta. Mary fue declarada culpable de la muerte de ambos niños, pero el jurado no la condenó por asesinato. Aceptó que actuó bajo responsabilidad disminuida y dictó dos veredictos de homicidio involuntario.
Tenía once años.
El juez ordenó que permaneciera detenida por tiempo indefinido, una medida conocida entonces como detención “a voluntad de Su Majestad”.
Su caso dividió a la opinión pública.
Para algunos, era únicamente la responsable de dos muertes irreparables. Para otros, también era una menor que había crecido sin protección y cuyas señales de perturbación no habían recibido una respuesta adecuada.
Fue enviada primero a instituciones para menores y posteriormente trasladada al sistema penitenciario para adultos.
En 1976 llegó a Moor Court, una prisión abierta de Staffordshire.
En septiembre de 1977 escapó junto con otra interna. Durante varios días recorrió distintos lugares y trató de ocultar su identidad antes de ser localizada y devuelta a prisión.
La fuga volvió a colocar su rostro en los periódicos y reabrió el debate sobre si debía permanecer en un establecimiento con menor vigilancia.
Mary Bell fue puesta en libertad en 1980, a los 23 años, después de haber pasado casi la mitad de su vida bajo custodia.
Más adelante recibió una nueva identidad y protección judicial permanente para impedir que se revelaran datos capaces de localizarla a ella o a su familia.
El caso nunca dejó de provocar incomodidad porque no permite una conclusión sencilla.
Dos niños perdieron la vida y sus familias cargaron para siempre con aquella ausencia. Al mismo tiempo, quien fue condenada también era una niña profundamente dañada.
La historia de Mary Bell permanece como uno de los episodios más difíciles de la justicia británica: un crimen cometido durante la infancia que obligó a preguntarse dónde termina el castigo y dónde debería comenzar la responsabilidad de una sociedad que no protegió a ninguno de los niños involucrados.

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