Buscaba la ciudad perdida de Nínive, pero terminó desenterrando una capital asiria que llevaba más de dos mil años olvidada
Buscaba la ciudad perdida de Nínive, pero terminó desenterrando una capital asiria que llevaba más de dos mil años olvidada.
En 1843, Paul-Émile Botta ejercía como vicecónsul de Francia en Mosul, en el territorio del actual Irak. Fascinado por las ciudades mencionadas en la Biblia y los autores clásicos, comenzó a excavar en Kuyunjik, una gran colina situada frente a Mosul.
Los primeros trabajos produjeron pocos resultados.
Entonces recibió noticias sobre antiguas esculturas y ladrillos que aparecían en Khorsabad, una aldea situada varios kilómetros al noreste. Botta trasladó allí a sus trabajadores sin saber que acababa de abandonar el verdadero emplazamiento de Nínive.
Poco después, las palas encontraron enormes muros cubiertos con relieves, inscripciones cuneiformes y figuras monumentales.
Del suelo surgieron toros alados con cabeza humana, seres protectores conocidos como lamassu, que habían vigilado las entradas de un gigantesco palacio.
Botta creyó inicialmente que había encontrado Nínive.
En realidad, había descubierto Dur-Sharrukin, la “fortaleza de Sargón”, una ciudad construida en el siglo VIII antes de nuestra era por el rey asirio Sargón II.
El monarca había ordenado levantarla como una nueva capital imperial, con templos, murallas y un enorme palacio decorado con escenas de campañas militares, ceremonias y tributos llegados desde distintos territorios.
La ciudad tuvo una vida breve.
Después de la muerte de Sargón II, su sucesor trasladó la capital y Dur-Sharrukin perdió rápidamente su importancia. Con el paso de los siglos quedó enterrada y prácticamente desapareció de la memoria.
Botta excavó solo una parte del palacio, pero los hallazgos fueron suficientes para transformar el conocimiento europeo sobre la antigua Mesopotamia.
Como muchas piezas eran demasiado pesadas para ser trasladadas completas, algunos relieves y esculturas fueron cortados o reducidos. Después recorrieron una compleja ruta desde Khorsabad hasta los ríos, el Mediterráneo y finalmente Francia.
El 1 de mayo de 1847, el Museo del Louvre inauguró el primer museo asirio del mundo.
Por primera vez, el público europeo contempló de cerca los restos monumentales de una civilización que hasta entonces había sido conocida principalmente por textos antiguos.
Aquellas excavaciones marcaron el comienzo de la arqueología mesopotámica moderna, pero también formaron parte de una época en la que las potencias europeas trasladaban antigüedades desde los territorios donde habían sido encontradas.
Hoy, algunos de los grandes relieves y toros alados de Khorsabad continúan expuestos en París, mientras las ruinas de Dur-Sharrukin permanecen en Irak.
La conexión entre Francia e Irak quedó grabada en piedra.
Comenzó con un diplomático que buscaba una ciudad perdida y terminó llevando parte de un palacio asirio hasta el corazón de París.

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