Durante el siglo XIX, uno de los colores más elegantes también era uno de los más peligrosos

Durante el siglo XIX, uno de los colores más elegantes también era uno de los más peligrosos.

Se conocía como Verde París, verde esmeralda o verde de Schweinfurt. Su tono intenso parecía imposible de obtener con los pigmentos tradicionales y pronto comenzó a aparecer en papeles pintados, vestidos, flores artificiales, juguetes, pinturas y cubiertas de libros.

El secreto de aquella belleza era el arsénico.

El pigmento, desarrollado comercialmente a comienzos del siglo XIX, estaba compuesto por acetoarsenito de cobre. Producía un verde brillante, resistente y relativamente económico, cualidades que lo convirtieron en una sensación dentro de la decoración y la moda victorianas.

Pero también era extremadamente tóxico.

Los trabajadores que fabricaban el pigmento o lo aplicaban sobre telas y papel podían inhalar el polvo o llevarlo accidentalmente a la boca. La exposición provocaba irritación, lesiones en la piel, vómitos, diarrea, debilidad y otros síntomas asociados con el envenenamiento por arsénico.

El peligro no terminaba en las fábricas.

Con el tiempo, el pigmento de los papeles pintados podía desprender partículas que quedaban suspendidas en el aire o se acumulaban sobre muebles y alimentos. La humedad y el deterioro aumentaban el riesgo, especialmente en habitaciones mal ventiladas.

En algunas condiciones, microorganismos presentes en paredes húmedas también podían transformar parte del arsénico en compuestos volátiles. Así, una habitación decorada con un hermoso papel verde podía convertirse lentamente en una fuente de exposición tóxica.

Durante años, muchas enfermedades fueron confundidas con cólera, infecciones digestivas o simples malestares. Además, los fabricantes cuestionaban las advertencias y los consumidores tenían dificultades para aceptar que un producto tan común pudiera enfermarlos.

En 1874, el médico estadounidense Robert Clark Kedzie publicó un libro llamado Sombras de los muros de la muerte. Sus páginas contenían muestras reales de papeles pintados con arsénico y fueron enviadas a bibliotecas para advertir sobre el peligro.

La ironía era inquietante: el libro creado para salvar vidas también podía envenenar a quien lo manipulara sin cuidado.

Más de un siglo después, algunas bibliotecas todavía conservan libros encuadernados con este pigmento. Los ejemplares identificados se almacenan en bolsas especiales y se manipulan con guantes para impedir que el polvo contaminado entre en contacto con las personas.

El Verde París fue admirado porque parecía lleno de vida.

En realidad, su brillo provenía de una sustancia capaz de convertir paredes, vestidos y libros en objetos silenciosamente peligrosos.

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