Parecía una escena del mundo antiguo, pero ocurrió en Brasil durante la década de 2026
Parecía una escena del mundo antiguo, pero ocurrió en Brasil durante la década de 1980.
Decenas de miles de hombres descendían diariamente a un enorme cráter de barro. Después volvían a subir por escaleras improvisadas, cargando sobre los hombros pesados sacos de tierra.
Todos perseguían lo mismo: oro.
A finales de 1979, el hallazgo del metal en una propiedad rural del estado de Pará desató una de las mayores fiebres del oro de América Latina.
La noticia se extendió rápidamente.
En pocas semanas, miles de personas abandonaron sus hogares y viajaron hacia Serra Pelada convencidas de que allí podían encontrar una fortuna capaz de transformar sus vidas.
Lo que había sido una zona cubierta por vegetación comenzó a convertirse en un gigantesco agujero excavado casi completamente a mano.
No había grandes máquinas descendiendo por el cráter.
Eran los propios trabajadores, conocidos como garimpeiros, quienes arrancaban la tierra con picos y palas, la introducían en sacos y ascendían por las paredes resbaladizas de la mina.
Desde lejos parecían hormigas humanas.
En su momento de mayor actividad, se calcula que cerca de 100.000 hombres llegaron a trabajar o concentrarse alrededor de Serra Pelada.
Unos pocos encontraron depósitos capaces de volverlos ricos. La mayoría pasó años cargando tierra bajo el sol, esperando hallar una veta que nunca apareció.
El oro convirtió el lugar en una sociedad con sus propias reglas.
El Gobierno militar envió policías, funcionarios y soldados para controlar la zona. La venta del metal fue regulada, mientras alrededor del yacimiento crecían asentamientos marcados por el comercio, la desigualdad y la violencia.
En 1983, el año de mayor producción, se extrajeron oficialmente cerca de 14 toneladas de oro.
Pero mientras el metal salía, el cráter se hacía más profundo y peligroso.
Las lluvias convertían las paredes en barro. Los trabajadores avanzaban por caminos estrechos, soportando derrumbes, caídas y jornadas agotadoras. Cada saco podía contener una fortuna o ser simplemente otra carga de tierra sin valor.
En 1985, el artista chileno Alfredo Jaar llegó a Serra Pelada y documentó aquellas condiciones en su proyecto Gold in the Morning.
Un año después, Sebastião Salgado descendió hasta la mina.
Sus fotografías en blanco y negro mostraron miles de cuerpos cubiertos de barro, amontonados sobre escaleras y laderas, formando una imagen que parecía imposible en pleno siglo XX.
No fotografió únicamente una mina.
Retrató la esperanza convertida en trabajo extremo, la pobreza empujando a miles de personas hacia un agujero y el poder del oro para hacer que un ser humano arriesgara la vida por un puñado de tierra.
La producción disminuyó con el paso de los años. El terreno se volvió cada vez más difícil de explotar y el agua comenzó a ocupar las zonas excavadas.
En 1992, la actividad fue clausurada oficialmente.
Serra Pelada había producido más de 42 toneladas de oro según los registros oficiales, aunque gran parte del metal pudo haber salido sin ser declarado.
El enorme cráter terminó inundado y se convirtió en un lago.
Hoy, el agua cubre las paredes por las que alguna vez avanzaron decenas de miles de hombres.
Pero las fotografías permanecen.
En ellas, Serra Pelada no parece una mina, sino un monumento construido con barro, ambición y cuerpos humanos.
Un lugar donde unos pocos encontraron oro y miles descubrieron cuánto podían cargar sobre sus hombros antes de que el sueño de hacerse ricos terminara pesando más que el propio saco.

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