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Durante sus últimos segundos, el vuelo 261 de Alaska Airlines avanzó casi completamente invertido sobre el océano Pacífico mientras sus pilotos luchaban por recuperar un avión que ya no respondía.
El 31 de enero de 2000, el McDonnell Douglas MD-83 despegó de Puerto Vallarta con destino a Seattle y una escala prevista en San Francisco. A bordo viajaban 83 pasajeros y cinco tripulantes.
Durante el ascenso, los pilotos detectaron que el sistema encargado de ajustar el estabilizador horizontal se había atascado. Este mecanismo, situado en la cola, permite controlar la inclinación del avión y mantenerlo equilibrado sin exigir una fuerza constante sobre los mandos.
El capitán Ted Thompson y el primer oficial William Tansky continuaron volando manualmente mientras consultaban con el personal de mantenimiento. Finalmente decidieron desviarse hacia Los Ángeles, donde las condiciones eran más favorables para un aterrizaje de emergencia.
Cuando el avión se encontraba a unos 31.000 pies, uno de los intentos por liberar el sistema produjo un movimiento repentino del estabilizador.
La nariz cayó violentamente.
El avión descendió cerca de 2.000 metros mientras aumentaba de velocidad. Los pilotos tiraron juntos de los controles y desplegaron los frenos aerodinámicos hasta conseguir detener el descenso alrededor de los 24.000 pies.
Habían recuperado temporalmente el control.
Durante los siguientes minutos prepararon la aeronave para aproximarse a Los Ángeles. Sin embargo, el daño oculto en la cola continuaba agravándose.
A las 4:19 de la tarde se escuchó un fuerte ruido.
La pieza que mantenía sujeto el estabilizador terminó de romperse. La superficie se desplazó mucho más allá de sus límites normales y empujó la nariz hacia abajo con una fuerza que los controles ya no podían compensar.
El avión comenzó a caer y giró hasta quedar invertido.
Los pilotos no habían decidido volar boca abajo como parte de una maniobra planeada. La inversión fue consecuencia de la pérdida de control. Aun así, utilizaron los alerones, el timón y los elevadores para intentar estabilizarlo en aquella posición y ganar unos segundos más.
En la grabación de cabina se escucha al capitán reconocer que, al menos mientras permanecían invertidos, todavía estaban volando.
La aeronave continuó descendiendo casi boca abajo hasta impactar contra el océano, cerca de la isla de Anacapa, frente a las costas de California.
Las 88 personas a bordo fallecieron.
La investigación descubrió que las roscas internas de una tuerca esencial del mecanismo del estabilizador se habían desgastado casi por completo. La pieza necesitaba lubricación e inspecciones periódicas, pero el mantenimiento realizado había sido insuficiente.
Alaska Airlines también había ampliado los intervalos entre la lubricación y las revisiones del sistema, cambios que habían recibido aprobación de la autoridad aeronáutica. Esto permitió que el desgaste avanzara sin ser detectado hasta provocar la falla.
El diseño del avión tampoco contaba con un mecanismo de respaldo que evitara una pérdida total de control si aquellas roscas desaparecían.
Los pilotos lograron recuperar la aeronave después del primer descenso y continuaron luchando hasta el impacto. Pero dentro de la cola, una pieza desgastada durante años había dejado al avión sin posibilidad real de salvarse.
El vuelo 261 quedó como una de las demostraciones más dolorosas de que, en la aviación, una tarea de mantenimiento aparentemente rutinaria puede separar un vuelo normal de una tragedia irreversible.

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