A 7.300 metros de altura, una sección del techo desapareció y dejó a decenas de personas volando a cielo abierto sobre el océano

A 7.300 metros de altura, una sección del techo desapareció y dejó a decenas de personas volando a cielo abierto sobre el océano.

El 28 de abril de 1988, el vuelo 243 de Aloha Airlines despegó de Hilo con destino a Honolulu. Era un trayecto interinsular rutinario a bordo de un Boeing 737 que ya había realizado otros vuelos aquella misma mañana.

A la 1:46 de la tarde, cuando la aeronave acababa de estabilizarse a 24.000 pies, se produjo una descompresión explosiva.

Una sección de aproximadamente cinco metros y medio del fuselaje superior se desprendió detrás de la cabina de los pilotos. Parte del techo y de las paredes de la zona delantera desaparecieron de manera repentina.

El interior quedó expuesto al viento, al frío y al ruido ensordecedor.

La sobrecargo Clarabelle Lansing se encontraba cerca de la quinta fila cuando fue expulsada fuera del avión. Su cuerpo nunca fue recuperado.

Los pasajeros permanecieron dentro de una cabina parcialmente destruida, observando directamente el cielo y el océano mientras los cables, paneles y restos del equipamiento se agitaban sobre sus cabezas.

El capitán Robert Schornstheimer tomó los controles e inició un descenso de emergencia. Junto con la primera oficial Mimi Tompkins, desvió el avión hacia el aeropuerto de Kahului, en Maui.

La tripulación desconocía la magnitud completa del daño. Desde la cabina no podían ver cuánto fuselaje se había perdido y tampoco tenían la certeza de que el tren delantero estuviera funcionando correctamente.

A pesar de ello, consiguieron aterrizar.

De las 95 personas que viajaban a bordo, 94 sobrevivieron. Ocho sufrieron heridas graves y muchas otras presentaron lesiones menores.

Después del accidente, una pasajera contó que, al subir al avión, había observado una grieta junto a una hilera de remaches cerca de la puerta delantera. No comprendió su importancia y no informó a la tripulación.

La investigación reveló que aquella grieta era una señal visible de un daño mucho mayor.

El avión había entrado en servicio en 1969 y acumulaba 89.680 ciclos de vuelo. Los viajes cortos entre las islas implicaban constantes despegues, aterrizajes y presurizaciones, procesos que sometían repetidamente el fuselaje a esfuerzos.

Las uniones de las primeras unidades del Boeing 737 utilizaban un adhesivo que podía deteriorarse. Cuando la unión perdía adherencia, las cargas pasaban a concentrarse alrededor de los remaches.

La humedad, el ambiente salino de Hawái y la corrosión favorecieron el daño. Pequeñas grietas comenzaron a formarse alrededor de numerosos remaches hasta unirse y producir una fractura extensa.

La Junta Nacional de Seguridad en el Transporte determinó que el programa de mantenimiento de Aloha Airlines no detectó a tiempo la separación del adhesivo ni el daño por fatiga.

También señaló deficiencias en la supervisión de la aerolínea y en las inspecciones exigidas por la autoridad aeronáutica, que no incluían todas las uniones susceptibles de presentar grietas.

El accidente transformó la forma en que la industria evaluaba las aeronaves antiguas sometidas a una gran cantidad de vuelos cortos. Las horas en el aire ya no podían ser el único indicador del envejecimiento: cada presurización también dejaba una huella.

El vuelo 243 aterrizó con una parte considerable de su estructura ausente.

Su supervivencia fue resultado del trabajo de los pilotos, la resistencia de la sección restante del avión y una combinación extraordinaria de circunstancias. También dejó una advertencia duradera: una pequeña grieta ignorada puede ser la parte visible de una falla que lleva años creciendo.

Contenido original en https://www.facebook.com/1411100637720676/posts/1432331155597624