EL INFAME NEGOCIO DE LOS NIÑOS Y ANCIANOS QUE RECOGÍAN EXCREMENTOS DE PERRO EN EL LONDRES VICTORIANO

EL INFAME NEGOCIO DE LOS NIÑOS Y ANCIANOS QUE RECOGÍAN EXCREMENTOS DE PERRO EN EL LONDRES VICTORIANO.

Los pure finders del Londres victoriano representan uno de esos momentos en los que la historia parece escrita por un guionista con mal gusto, porque hubo gente que se ganaba la vida buscando caca de perro por las calles. Y no como castigo judicial ni penitencia religiosa. Era un oficio. Un oficio miserable, pestilente… y estrictamente necesario.

El nombre ya tiene retranca: Pure («Puro»). Los victorianos eran maestros del eufemismo elegante aplicado a cosas profundamente asquerosas. Lo que recogían no era pureza, claro, sino excremento canino, preferiblemente blanco y seco. Cuanto más viejo, calcáreo y blanquecino, mejor. Una auténtica delicatessen fecal para la floreciente industria del cuero. ¿Por qué demonios alguien pagaría por eso? Porque el curtido del cuero en los siglos XIX y principios del XX era un proceso químico infernal, y las heces de perro contenían enzimas y amoníaco indispensables para el tratamiento de las pieles. El proceso químico específico se denominaba puering, y constituía una fase que se ejecutaba antes del curtido definitivo.

Tras un baño inicial en cal para eliminar el pelo de los animales, los curtidores mezclaban el estiércol canino con agua caliente en grandes cubas, formando una pasta nauseabunda. En esta sopa fermentada se remojaban las pieles. ¿Su función? Neutralizar por completo los restos de cal y lograr que el cuero perdiera su rigidez, se ablandara y quedara sumamente poroso y elástico. Es decir, detrás de los elegantísimos zapatos y guantes de los caballeros de la alta sociedad había, literalmente, un baño de mierda de perro. Se estimó que en el apogeo de la profesión había entre 200 y 300 pure finders operando de manera fija en la capital británica, reuniendo apenas unos cuantos cubos a la semana para aplazar el hambre unas horas.

Este oficio era desempeñado normalmente por ancianos, mujeres en la extrema pobreza o niños de los barrios más degradados. Eran parias situados tan abajo en la escala social que incluso otros sectores desfavorecidos los miraban con lástima. Recorrían calles, patios y callejones armados con cubos y pequeñas palas buscando su materia prima. Londres, por suerte para ellos y desgracia para las fosas nasales ajenas, estaba atestado de perros callejeros y domésticos. Además, el negocio tenía sus propios «especialistas», ya que los perros de las clases acomodadas disfrutaban de dietas ricas en carne y huesos, lo que provocaba que sus deposiciones tuvieran una altísima concentración de carbonato de calcio, adquiriendo ese tono blanco tan buscado. Dicho de otra manera: incluso entre las cacas existía una marcada lucha de clases.

La imagen romántica del Londres decimonónico suele enseñarnos niebla mística, farolas de gas, carruajes y caballeros con sombrero de copa. La realidad era un ecosistema donde hasta la mierda tenía su cotización en el mercado. Los mismos burgueses que se horrorizaban ante la insalubridad de los suburbios paseaban luego luciendo guantes de cabritilla suavizados gracias a estos recolectores.

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