Mucho antes de la gran emigración ecuatoriana de finales del siglo XX, comerciantes indígenas ya recorrían el continente llevand...
Mucho antes de la gran emigración ecuatoriana de finales del siglo XX, comerciantes indígenas ya recorrían el continente llevando los Andes consigo.
Eran los kichwa otavalo, originarios de la provincia de Imbabura, en el norte de Ecuador.
Su pueblo poseía una antigua tradición como tejedor y comerciante. Durante generaciones fabricaron mantas, ponchos y otras prendas, mientras los llamados mindalás recorrían distintos territorios intercambiando productos.
En el siglo XX, aquellas rutas comenzaron a extenderse.
Durante la década de 1940, comerciantes otavaleños llegaron a ciudades de Colombia. En los años siguientes ampliaron sus recorridos hacia Perú, Venezuela, Chile, Brasil y Panamá.
A finales de la década de 1960 y durante los años setenta, el viaje alcanzó el Caribe.
Curazao fue uno de los destinos.
Los comerciantes llegaron a la isla con textiles, sombreros, instrumentos musicales y artesanías producidas en Otavalo y en las comunidades cercanas. No emigraban principalmente para buscar empleo asalariado, sino llevando consigo su propia fuente de trabajo.
Vendían en mercados, calles y zonas frecuentadas por visitantes. Después regresaban a Ecuador o continuaban hacia otras islas, utilizando la información y los contactos obtenidos para abrir nuevos caminos comerciales.
Con el tiempo, la música se sumó a los tejidos. Grupos de jóvenes comenzaron a interpretar melodías andinas en plazas y espacios públicos, convirtiendo la cultura otavaleña en parte de aquello que ofrecían al mundo.
Su identidad no quedó escondida durante los viajes.
Muchos conservaron su vestimenta, sus trenzas, su idioma y sus vínculos comunitarios. Aquellos rasgos los hacían reconocibles y, al mismo tiempo, ayudaban a distinguir sus productos en mercados donde competían con comerciantes de muchos lugares.
Las redes familiares resultaron fundamentales. Quien conocía una buena ruta compartía la información con hermanos, primos o vecinos. Así, un recorrido realizado por una persona podía convertirse después en el camino seguido por toda una comunidad.
Décadas antes de que viajar y comunicarse entre continentes fuera sencillo, los kichwa otavalo construyeron una de las diásporas comerciales indígenas más conocidas de América.
La conexión entre Ecuador y Curazao no nació únicamente entre gobiernos.
También nació cuando comerciantes bajaron de las montañas de Imbabura, cruzaron el Caribe y demostraron que una tradición local podía recorrer el mundo sin abandonar sus raíces.

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