El hombre que sobrevivió a la bomba atómica de Hiroshima dedicó más de cuarenta años a reconstruir la historia de doce estadouni...

El hombre que sobrevivió a la bomba atómica de Hiroshima dedicó más de cuarenta años a reconstruir la historia de doce estadounidenses que murieron bajo aquella misma explosión.

Shigeaki Mori falleció en un hospital de Hiroshima el 14 de marzo de 2026, a las 5:42 de la tarde. Tenía 88 años.

Había nacido en esa ciudad el 29 de marzo de 1937.

La mañana del 6 de agosto de 1945, cuando tenía apenas ocho años, caminaba por un puente junto a un amigo. A unos dos kilómetros y medio de distancia, la bomba atómica Little Boy explotó sobre Hiroshima.

El resplandor los cegó y la onda expansiva los lanzó al agua.

Cuando Mori logró salir, encontró una ciudad convertida en ruinas. Personas gravemente heridas caminaban sin saber dónde recibir ayuda, mientras los incendios avanzaban y numerosos hospitales habían quedado destruidos.

Mori sobrevivió y, con el tiempo, retomó una vida aparentemente común. Estudió Economía en la Universidad de Chuo y trabajó en una firma financiera y posteriormente para un fabricante de pianos.

Sin embargo, unas tres décadas después del bombardeo conoció una historia que transformó su vida.

Entre las víctimas de Hiroshima también había prisioneros de guerra estadounidenses.

Eran aviadores cuyos aparatos habían sido derribados durante operaciones realizadas en las últimas semanas de la guerra. Tras ser capturados, algunos fueron trasladados a Hiroshima y quedaron bajo custodia de la policía militar japonesa.

Cuando Estados Unidos lanzó la bomba sobre la ciudad, doce de ellos murieron.

Durante años, los detalles de sus últimos días permanecieron incompletos. Sus familias sabían que habían desaparecido durante la guerra, pero muchas desconocían dónde habían estado recluidos y cómo habían muerto.

Mori comenzó entonces una investigación independiente.

Mientras conservaba su trabajo, dedicaba su tiempo libre a estudiar archivos japoneses y estadounidenses. Revisó informes militares, registros policiales, documentos de traslado, testimonios y expedientes de aviadores desaparecidos.

La tarea se prolongó durante décadas.

Uno por uno reconstruyó los nombres, las unidades, las capturas y los últimos recorridos de los doce hombres. También buscó a sus familiares en Estados Unidos y les escribió para contarles lo que había descubierto.

No investigaba para establecer diferencias entre vencedores y vencidos. Para Mori, aquellos aviadores no eran únicamente soldados del país que había destruido su ciudad. Eran seres humanos cuyas familias merecían conocer la verdad.

En 2008 publicó sus hallazgos en el libro El secreto de los prisioneros estadounidenses muertos por la bomba atómica. La obra recibió el Premio Kikuchi Kan y ayudó a que las muertes de los doce militares fueran confirmadas y reconocidas públicamente.

El momento más visible de aquella labor ocurrió el 27 de mayo de 2016.

Barack Obama se convirtió ese día en el primer presidente estadounidense en ejercicio que visitaba Hiroshima. Durante su discurso en el Parque Conmemorativo de la Paz, recordó a los japoneses, coreanos y a “una docena de estadounidenses mantenidos como prisioneros” que murieron en la ciudad.

Mori estaba presente.

Después de pronunciar sus palabras, Obama se acercó a los sobrevivientes. Cuando llegó hasta él, ambos se abrazaron mientras Mori lloraba. La fotografía recorrió el mundo.

Aquel abrazo duró apenas unos segundos, pero representaba más de cuarenta años de búsqueda.

Mori había sobrevivido a una bomba lanzada por Estados Unidos y aun así dedicó gran parte de su vida a devolverles nombre, historia y dignidad a doce estadounidenses muertos bajo su explosión.

Cuando falleció en marzo de 2026, aquellos hombres ya no eran una nota perdida entre millones de víctimas.

La historia los recuerda porque Shigeaki Mori decidió que ninguna guerra debía borrar por completo el nombre de un ser humano.

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