EL PRESIDENTE, LA MAESTRA Y EL ESCÁNDALO MÁS ABSURDO DE IRÁN

EL PRESIDENTE, LA MAESTRA Y EL ESCÁNDALO MÁS ABSURDO DE IRÁN

Hay países donde besar la mano de una anciana es, simplemente, un gesto de respeto. Y luego está la República Islámica de Irán, donde un presidente podía lanzar discursos incendiarios contra Occidente, desafiar al planeta con su programa nuclear y sobrevivir políticamente… para acabar, sin embargo, metido en una tormenta moral por hacer algo tan elemental como besar la mano de su antigua profesora.

En esta inocente y tierna fotografía, tomada durante una ceremonia del Día del Maestro en Teherán en 2007, Ahmadineyad, presidente de Irán desde 2005 hasta 2013, inclina la cabeza ante una mujer mayor y le besa la mano con reverencia. La escena evoca a un nieto aplicado visitando a su abuelita. Es una imagen humana, casi entrañable... y eso es lo peligroso. Durante décadas, la República Islámica ha construido una maquinaria donde el contacto físico entre hombres y mujeres ajenos al vínculo familiar está sometido a una vigilancia obsesiva. El mismo régimen que dictamina la longitud reglamentaria del pañuelo femenino, segrega las aulas universitarias y convierte la virtud pública en un campeonato nacional de rigidez, se encontró de pronto con su presidente protagonizando una escena demasiado… humana.

Sectores ultraconservadores del clero y la prensa iraní acusaron a Ahmadineyad de un comportamiento “indecente”. No porque hubiera erotismo en la imagen, sino por la herejía política: un hombre tocando con afecto a una mujer fuera de su círculo familiar ante las cámaras. En un régimen que controla cada centímetro de la interacción social, aquel gesto fue un desafío a su gramática del poder. Pero es que, además, Ahmadineyad no era un reformista liberal, sino uno de los rostros más duros del aparato ideológico iraní. Un hombre hecho a sí mismo dentro de esa maquinaria severa y puritana. De repente, el guardián de la ortodoxia aparecía en portada haciendo algo tan subversivo como mostrar gratitud.

La escena dejó al descubierto una paradoja recurrente en los regímenes ultramoralistas: cuando conviertes cada gesto cotidiano en una cuestión de Estado, acabas transformando la normalidad en una amenaza. Mientras medio país lidiaba con la inflación, las sanciones y la asfixia económica, los guardianes de la virtud debatían si un beso respetuoso en la mano atentaba contra la pureza islámica. El Imperio persa, heredero de Ciro y Darío, convertido en un patio de vecinos obsesionado con las etiquetas de urbanidad.

En un país acostumbrado a las grandes consignas revolucionarias, a los discursos grandilocuentes y a las amenazas geopolíticas, una de las imágenes más incómodas del presidente no fue una bomba, ni una guerra, ni una conspiración. Fue un gesto de respeto y cariño de un alumno hacia su profesora.

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