EL SITIO DE CASTELNUOVO (1539), LAS TERMÓPILAS ESPAÑOLAS

EL SITIO DE CASTELNUOVO (1539), LAS TERMÓPILAS ESPAÑOLAS

Cuando alguien menciona una defensa suicida hasta el último hombre, la imaginación suele viajar a las Termópilas, a los trescientos espartanos (y 700 tespios olvidados) y a toda la parafernalia cinematográfica que vino después. Lo curioso es que, exactamente dos mil años más tarde, hubo un episodio real en el Mediterráneo que tiene poco que envidiarle y que hoy apenas lo recuerda nadie fuera de los círculos de la historia militar.

La historia comienza en 1539, cuando el Mediterráneo no era un idílico destino de vacaciones sino una autopista de guerra donde el Imperio español y el Imperio otomano se disputaban cada puerto, cada isla y cada pedazo de costa. En aquel escenario gobernaba las olas uno de los personajes más temidos de la época: Hayreddin Barbarroja. Corsario, almirante en jefe de Solimán el Magnífico y pesadilla recurrente de media Europa. Ese año, Barbarroja puso sus ojos sobre Castelnuovo, una fortaleza estratégica situada en la actual Montenegro. La plaza había sido conquistada apenas unos meses antes por la Liga Santa, una coalición cristiana que unía al Papa, a Venecia y a España. Pero en la política del siglo XVI, la lealtad caducaba rápido. Venecia reclamó la soberanía del puerto; Carlos V dijo que ni hablar, y los venecianos, rabiando de celos diplomáticos, levaron anclas y retiraron su flota. Allí, vendidos a su suerte en mitad de territorio hostil, quedaron unos 3.500 soldados españoles del Tercio de Sarmiento.

Pronto apareció frente a la fortaleza la armada de Barbarroja. Las crónicas asustadas de la época hablaban de centenares de miles de turcos, pero la realidad moderna rebaja la cifra a unos 40.000 hombres de tierra apoyados por una flota imponente. Daba igual: la desproporción seguía siendo de diez a uno. Frente a ellos, apenas unos pocos miles de defensores aislados, con los bastimentos justos y una vaga esperanza de que la flota imperial de Andrea Doria acudiera al rescate.

Barbarroja, que además de un lobo de mar era un tipo listo, ofreció una salida honorable: evacuar a la guarnición a España con sus armas, sus banderas y, por si fuera poco, veinte ducados por barba. Era una propuesta extraordinariamente razonable. La respuesta de Francisco de Sarmiento y sus capitanes fue cualquier cosa menos razonable: "Que viniesen cuando quisiesen". Hoy nos gusta pensar que aquella negativa fue fruto de un ramalazo de romanticismo o de pura testosterona castellana. Pero la realidad era más fría: en el siglo XVI, las ordenanzas militares castigaban la rendición de una plaza fuerte con la pena de muerte y la deshonra familiar si no se habían agotado los medios de defensa. Además, los soldados sabían perfectamente que Barbarroja ya había incumplido promesas similares en el pasado; rendirse equivalía, con mucha probabilidad, a acabar degollados en una playa. Entre morir de rodillas o vendiendo cara la piel, eligieron lo segundo.

Durante semanas, la artillería otomana machacó las murallas. Cada brecha abierta se convertía en un combate cuerpo a cuerpo donde se decidía el destino de Europa a golpe de pica y arcabuz. Los defensores luchaban entre cascotes, humo y sangre. Los atacantes tomaban una posición durante el día y los españoles la recuperaban de noche mediante encamisadas nocturnas (ataques por sorpresa). La fortaleza seguía resistiendo y los supervivientes, hambrientos, heridos y exhaustos, seguían combatiendo sabiendo que el tiempo jugaba en su contra y que los refuerzos cristianos jamás llegarían. Cuando las murallas terminaron convertidas en ruinas compactas y la guarnición quedó reducida a una sombra de sí misma, Barbarroja ordenó el asalto final. Los últimos defensores lucharon calle por calle, casa por casa. Francisco de Sarmiento, herido y sin doblegarse, murió combatiendo junto a sus hombres en las ruinas del castillo alto.

Los otomanos conquistaron Castelnuovo, sí, pero el precio pagado, casi la mitad de su ejército de tierra, dejó al mismísimo Barbarroja conmocionado. Prácticamente todo el Tercio pereció en el sitio, pero la historia no terminó bajo los escombros. Unos pocos cientos de supervivientes heridos fueron encadenados a los remos de las galeras otomanas o arrastrados a las prisiones de Constantinopla. Parecía el punto final para aquellos hombres. Sin embargo, la obstinación de Castelnuovo viajó con ellos: seis años después, en 1545, veinticinco de esos supervivientes lograron burlar la seguridad de la capital turca, mataron a sus guardianes, robaron una galeota y navegaron de regreso a España para contar lo que allí había pasado.

Por eso algunos historiadores bautizaron el episodio como las "Termópilas españolas". El resultado militar fue exactamente el mismo: la plaza cayó y el enemigo avanzó. Lo que convirtió Castelnuovo en leyenda fue la constatación de que la disciplina, el miedo a la deshonra y un pragmatismo llevado hasta sus últimas consecuencias pueden convencer a un grupo de seres humanos de que es buena idea resistir cuando las probabilidades de supervivencia son muy escasas.

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