En un buque de guerra del siglo XVIII, el día podía comenzar antes del amanecer con cientos de marineros arrodillados sobre una ...

En un buque de guerra del siglo XVIII, el día podía comenzar antes del amanecer con cientos de marineros arrodillados sobre una cubierta mojada, frotando la madera con arena y pesados bloques de piedra.

No era una tarea menor.

En aquellas ciudades flotantes podían convivir entre 500 y 800 hombres durante meses. Dormían hacinados, comían en espacios reducidos y compartían instalaciones sanitarias extremadamente primitivas.

Mantener limpio el barco era una lucha diaria.

Las cubiertas se empapaban con agua de mar y se cubrían con arena gruesa. Después, los marineros las frotaban con bloques de arenisca conocidos como holystones.

Los más grandes recibían el apodo de “biblias”, mientras que los pequeños, utilizados para alcanzar las esquinas, eran llamados “libros de oración”.

La faena podía prolongarse durante horas.

La mezcla de agua salada, arena y piedra retiraba grasa, restos de alimentos y suciedad acumulada. La abrasión constante dejaba las tablas tan claras que, en algunos barcos, la limpieza de la cubierta se convirtió también en una forma de demostrar disciplina y orden.

Debajo de aquellas tablas existía un problema mucho menos visible.

El agua que se filtraba por el casco, la condensación y los líquidos derramados descendían hasta la sentina, la parte más baja del barco. Allí podían mezclarse con suciedad y restos orgánicos hasta formar un líquido oscuro y maloliente.

El carpintero del barco comprobaba regularmente su nivel introduciendo una vara en el pozo de la sentina. Si el agua aumentaba, se ordenaba a varios hombres accionar las bombas.

En los grandes navíos se utilizaban bombas de cadena, mecanismos movidos manualmente que elevaban el agua desde el fondo del casco y la expulsaban nuevamente al mar.

Era un trabajo agotador, pero indispensable.

Una bomba bloqueada o una entrada de agua imposible de contener podía condenar al barco y a toda su tripulación.

Las instalaciones sanitarias tampoco ofrecían comodidad.

Los retretes de los marineros estaban situados en la proa, en una zona conocida como la cabeza del barco. De allí nació el término inglés head, que todavía se utiliza para referirse al baño de una embarcación.

Eran poco más que tablas con agujeros colocadas sobre el mar.

No ofrecían privacidad y utilizarlas durante una tormenta podía ser peligroso. Las olas golpeaban constantemente aquella zona y arrastraban los desechos directamente al océano.

Los oficiales disponían de espacios algo más privados en la popa, mientras la mayoría de la tripulación debía soportar el viento, el frío y el movimiento del barco.

El agua dulce se reservaba principalmente para beber y cocinar. Podía contaminarse dentro de los barriles y, cuando escaseaba, la ración diaria se reducía incluso por debajo de lo necesario para mantener saludable a un hombre.

La ropa se lavaba en días determinados y después se colgaba entre los mástiles. La limpieza personal era limitada, especialmente durante las travesías prolongadas.

La vida a bordo no se parecía a las imágenes románticas de grandes velas avanzando sobre el océano.

Era una rutina de humedad, malos olores, madera mojada y trabajo físico constante.

En aquellos barcos, la limpieza no era únicamente una cuestión de apariencia. Era una batalla diaria para impedir que cientos de hombres enfermaran dentro de una estructura de madera aislada en medio del mar.

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